¿TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR?

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo después de acordado,

da dolor;

cómo a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

Jorge Manrique. Coplas por la muerte de su padre, 1476.

 

Le he propuesto a mi esposa que leamos al alimón un libro que recoge las reflexiones de dos personas maduras que en 2007 decidieron conversar y ofrecer a sus potenciales lectores el destilado de sus experiencias vitales y, fruto de ellas, su visión del mundo.

Estas dos personas son el cardiólogo Valentín Fuster (1943-   ) y el economista y escritor José Luis Sampedro (1917-2013). El libro se titula La ciencia y la vida (Plaza y Janés, 2008) y, aunque no hemos concluido su lectura, deseo aprovechar una relexión que encuentro en sus páginas y que se resume en el párrafo siguiente:

 

Hoy se habla constantemente de los derechos de la juventud pero mucho menos, o nada, de los deberes. Antes, tenían obligaciones; hoy parecen creerse con derecho a todo sin apenas contrapartidas ni sacrificios. Y para colmo, les espera la trampa del consumismo que les tiende el sistema: gastar, consumir, acumular objetos… Todo se convierte en necesidad. Las cosas que antes se disfrutaban, hoy se necesitan. Con la publicidad y medios de comunicación actuales, se ha generado una verdadera dependencia de las modas, de las marcas, de las maquinitas. La juventud está comprada por el consumismo y buena parte de ella más motivada por el dinero que por otra cosa.

 

            Es casi un lugar común al conversar con personas de nuestra edad, especialmente si son médicos, el que se escuche la frase “ya no es como antes”, en referencia a lo que se observa sobre la conducta de los jóvenes estudiantes de medicina de la actualidad en relación con nosotros mismos cuando recordamos nuestra propia época como estudiantes.

La comparación favorece casi siempre a los estudiantes de tiempos pasados, es decir, a nosotros mismos. Los argumentos que suelen esgrimirse giran en torno a las mayores exigencias académicas de antaño y a la disposición de menos recursos didácticos en aquella época, lo que nos obligaba a esforzarmos más si deseábamos aprender y alcanzar nuestros objetivos.

Desde luego que no podemos negar que hoy, merced a la tecnología, los estudiantes tienen a su disposición extraordinarios recursos que nosotros ni siquiera soñamos. El avance de la informática permite no sólo consultar con gran facilidad grandes porciones de información que antes sólo podían obtenerse tras penosas horas de consulta manual, sino que le brinda al estudiante imágenes y videos que facilitan enormemente la comprensión de diversas materias, en especial aquellas de las áreas básicas que resultaban más áridas, como la bioquímica o la anatomía microscópica. Por eso solemos decir que “hoy no aprende el que no quiere”.

Sin embargo, pensamos que las diferencias generacionales no terminan ahí. No sólo se trata de que en la actualidad parezca haber una menor exigencia académica y que, en contraparte, se cuente con una mayor cantidad de recursos didácticos. Casi todos tenemos la sensación de que los jóvenes estudiantes de medicina actuales tienen menos entusiasmo, compromiso y apego a los ideales de la profesión que los que nos atribuimos a nosotros mismos.

La opinión mayoritaria de quienes nos dedicamos a la docencia va en este sentido. Son pocos los que juzgan con menor severidad a las nuevas generaciones. Cuando uno forma parte de profesorado se siente muy tentado a aceptar esta corriente de opinión y cualquier experiencia con los estudiantes que parezca confirmar su falta de entusiasmo adquiere mucha fuerza. Se vuelve una prueba más que se suma a las ya existentes para seguir pensando que los estudiantes de medicina actuales son menos idealistas que los de otras épocas. ¿Será cierto?

Desde luego que no es fácil medir el entusiasmo ni el idealismo. Es muy difícil poner esto en números absolutos. A lo mejor si utilizamos porcentajes el panorama se aclara un poco más. ¿Hay un mayor o un menor procentaje de estudiantes entusiastas e idealistas en comparación con otras épocas? Que yo sepa, nadie ha hecho un estudio con suficiente rigor metodológico que ofrezca respuestas inobjetables.

Y, sin embargo, se sigue teniendo la sensación de que vivimos una merma de aquel idealismo que nos llevaba a esforzarnos más allá de lo mínimo indispensable y a entregarnos al deber sin medir las consecuencias ni esperar una recompensa inmediata. En un mundo como el de hoy, en el que hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado, hasta el idealismo tiene precio. Hoy vivimos bajo la ley del mínimo esfuerzo… y no sólo en el mundo estudiantil, sino también en el ámbito laboral.

¿Qué nos dicen Fuster y Sampedro cuando dialogan al respecto? El doctor Fuster lo expone de la siguiente manera:

 

-Sí, y la cuestión es: algo ha de haber que motive a esta generación, que la empuje hacia una meta mejor, más concreta y con vistas a más largo plazo que la diversión inmediata. Ciertamente Ortega y Gasset diría que todos somos hijos de una circunstancia, pero yo creo que estamos en el momento ideal para un gran cambio. Estoy pensando en la universidad…El gran cambio debe darse dentro de la universidad. Hemos atravesado una fase de rechazo, de rechazo de valores, de usos y costumbres, de todo. Yo creo que es el momento de inicio de una fase constructiva…

            … Fíjate en la Universida de Padua. Allí nació la medicina, y allí se produjo la verdadera revolución científica. Copérnico, Vesalio, Galileo, Harvey y tantos científicos descubridores de las bases de muchas ramas del saber, entre ellas la medicina y la farmacología moderna. Allí se inició la disección y autopsia científica en contraposición a la cirugía de los barberos; allí se describe por primera vez la dinámica de la circulación cardiovascular dando origen a la fisiología moderna, allí florecen las matemáticas. ¿Casualidad? En absoluto.

            Sabemos por los historiadores que el atractivo más importante fue el incentivo, el apasionamiento, la motivación del entorno… lo que demuestra una vez más que la oportunidad de ejercitar, o no, nuestro talento personal, depende en gran parte de la motivación o desmotivación del entorno.

            Es decir, José Luis, tenemos la obligación de crear un ambiente, de ofrecer incentivos, de contribuir a la motivación para entrar en una fase constructiva.

 

            ¿Estamos creando en nuestro medio ese ambiente motivador que haga florecer en los estudiantes el entusiasmo y los ideales elevados de los que tanto hablamos? ¿Estamos construyendo hoy las instalaciones, los programas y las estrategias que les permitan alcanzar las más altas cotas académicas? ¿Qué nos está impidiendo dar ese salto anhelado a los niveles superiores de la enseñanza y la práctica de la medicina?

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