AL LLEGAR POR LAS MAÑANAS.

El camino era difícil y tomó varias horas llegar a la pobre casa donde estaba la enferma, una anciana campesina. El tío la examinó y escribió una receta dándole indicaciones al marido para comprar las medicinas cuanto antes. El hombre preguntó cuánto costarían las medicinas y el tío le informó que unos tres duros, a lo que el hombre replicó que simplemente no los tenían. El tío me llamó aparte y me preguntó cuánto traíamos. Resultó ser precisamente esa cantidad. Me pidió el dinero, lo puso dentro de la receta, la dobló y colocó debajo de la almohada de la enferma diciéndole que había hecho algunos cambios y que allí estaban las nuevas instrucciones. Regresamos por los mismos caminos y en medio de la tormenta a O Incio.

 

José Luis Díaz Gómez. Siembra y memoria. Muerte y evocación de un médico republicano, 2010.

Uno acaba acostumbrándose casi a todo, incluso al sufrimiento de los demás, siempre y cuando no estemos relacionados con ellos a través de los vínculos de la sangre y del afecto. La angustia y la preocupación, el sufrimiento y la incertidumbre de quienes nos ven llegar todas las mañanas al Hospital Hidalgo no nos quitan el sueño.

Desafortunadamente, el acceso principal del Hospital lleva meses cancelado por una obra cosmética cuya lentitud paquidérmica ha provocando un desplazamiento de los familares de los enfermos que ahora, sentados en bancas sobre la acera o de pie, flanquean el acceso del personal y la entrada de las ambulancias que conduce al Servicio de Urgencias. Su reubicación, aunque transitoria, ha puesto de manifiesto su desamparo. Desatención que, por perenne, suele pasar desapercibida.

Al llegar a trabajar por las mañanas, se percibe inevitablemente su presencia. Sus rostros, apenas vistos de soslayo cuando pasamos a su lado, pierden los rasgos individuales para fundirse en una cara colectiva y borrosa cuyas facciones preferimos ignorar.

Pero si vencemos esta tendencia uniformizadora, podemos descubrir a cada uno de los seres humanos cuyo denominador común es la angustia, la incertidumbre y el abandono del que han sido objeto por tantos años. Sólo su secular resignación, que se nutre tanto de la ignorancia de sus derechos, como de la anestesia que se les suministra desde el púlpito, les permite sobrellevar su desventura y les impide rebelarse contra la injusticia. ¿Qué esperanza les queda?

Antes creía que su esperanza estaba en nosotros, los médicos que hemos tenido acceso a una educación de calidad y que, a pesar de los años, seguimos soñando transformar el medio en el que enseñamos y ejercemos la medicina. Pero ya no estoy tan seguro. ¡Somos tan pocos y es tan fácil perder los ideales! La fuerza avasalladora de la rutina y el canto de la sirena del éxito arrasan con todo y es muy difícil resistirse a su inmenso poder persuasivo. ¿Qué podemos hacer?

Ser médico del sector público plantea disyuntivas. ¿Debemos conformarnos con lo que hay o debemos intentar mejorar las condiciones de la atención a los enfermos? ¿Es nuestro deber denunciar las injusticias que vemos a diario o es mejor quedarnos callados ante la magnitud de las carencias que se tienen en la institución y en el sistema público de salud?

Frente a las evidentes necesidades de los enfermos, ¿debemos aceptar que los recursos para atenderlas son y serán siempre insuficientes? ¿Debemos conformarnos con lo que hay y admitir que no existe solución posible fuera de los paliativos actuales?

¿Tenemos derecho a seguir soñando? ¿No estaremos equivocados al perseguir durante años una utopía que a todas luces parece una insensatez? ¿Debemos renunciar a los ideales largamente acariciados y dejar de luchar por ellos para vivir tranquilos? ¿No sería mejor entregarnos solamente al estudio, la enseñanza y la práctica de una profesión que nos apasiona y no pensar ya en sus aspectos sociales? ¿Por qué no integrarnos a este sistema dominante que lima toda aspereza, rehúye el cuestionamiento y fomenta la autocomplacencia?

Y ahora, a la crónica escasez de recursos, se agrega una nueva amenaza: los recortes presupuestales ordenados desde las más altas instancias gubernamentales. Medidas de austeridad que los integrantes del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud (GREDS-ENCOMED) de la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona prefieren llamar medidas “austericidas”, queriendo destacar con ello su connotación negativa y, en este caso, el impacto dañino que tienen sobre la salud de los ciudadanos. O todavía mejor, tal como recomienda la Fundación del Español Urgente, las deberíamos llamar “austeridad suicida”, “austeridad homicida” o “austeridad letal”.

En México tenemos hoy la excusa perfecta: la estrepitosa caída en el precio del petróleo. No podemos negar que nuestra economía depende en buena medida de las exportaciones petroleras y que una disminución así debe tener un impacto significativo en las ganancias esperadas con la venta del crudo, pero resulta igual de evidente que los ajustes gubernamentales son vergonzosamente asimétricos. ¿Cómo equiparar el recorte de 10 mil millones de pesos anunciado recientemente por la Dra. Mercedes Juan, Secretaria de Salud, con la reducción de 100 pesos al mes en el sueldo de nuestros flamantes senadores?

Y no olvidemos tampoco que este año es un año de elecciones. La organización y puesta en operación de los comicios en nuestro país reclama cuantiosos recursos públicos. Ante un panorama de estrecheces, ¿de dónde sacar esos recursos? Lo más fácil es extraerlos de donde menos se note, por ejemplo, la atención sanitaria. Si por décadas la inversión en el sector salud ha sido paupérrima, ¿qué más da invertir menos en esta ocasión? Al fin y al cabo, la línea que divide a la pobreza alimentaria de la pobreza de capacidades o de la pobreza patrimonial es simplemente una convención acordada por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social. Un eufemismo menos inquietante que el nombre que usábamos antes: miseria.

Y eso es lo que vemos cuando llegamos por la mañana al Hospital. Cuando nos atrevemos a asomarnos a los ojos de quienes se arremolinan en torno a la entrada para enterarse de las últimas noticias de sus familiares enfermos. Cuando los miramos a sus ojos, podemos ver una soledad casi infinita, la angustia que atenaza sus corazones, la resignación a su triste destino y, una vez vencidos, la pasividad, la derrota de las ilusiones y los proyectos que no tendrán futuro.

Porque sabemos que no podemos solos, quisiéramos hacer de pacientes y familiares nuestros aliados en este empeño de cambiar las cosas. Incitarlos a la protesta, a la rebeldía, que por una ocasión fuesen ellos los abanderados de sus propios derechos, los que exigieran esa forma insuperable de justicia social que es la sanidad pública de alta calidad, como la que se ve en otras partes del mundo. Estamos seguros de que juntos lograríamos mucho más. Volvamos a citar a los del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud (La sanidad está en venta. Y también nuestra salud. Icaria, 2012):

El paciente indignado es un aliado del profesional sanitario que ama su profesión, que es democrático y que está comprometido con la ciudadanía… No es “la crisis”, es la masiva acumulación de los poderosos quitando bienes y derechos de quienes menos tienen…

… La salud pública es nuestra, es del pueblo. El sistema sanitario público es un bien común, es de todas y de todos nosotros. Tenemos derechos a utilizar los espacios públicos (salas de espera, vestíbulos y otros lugares) para crear diálogo, para reunirnos, para educarnos, para organizarnos y luchar. También es nuestro derecho irrumpir en cualquier espacio y reunión (consejos de administración, consejerías, negociaciones sindicales, etc.) en el que se toman decisiones sobre la sanidad y nuestra salud…

… Los políticos y élites neoliberales no tienen ninguna intención de ser más equitativos, justos y democráticos. Ni nos regalarán la sanidad pública ni nos regalarán la salud, deberemos reconquistarlas y mejorarlas. La identidad y la organización colectivas deben construirse. Para ello, las organizaciones comunitarias y los movimientos populares necesitan lograr y mantener un estado de inteligente y perpetua rebeldía y lucha que fuerce a cambiar la situación actual.

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