EL PRINCIPIO DE MONSIEUR PASCAL.

Pégate a la piel de los acontecimientos; mezcla tu aliento con la múltiple respiración de los seres de este mundo. El riesgo de extraviarte en sus complejos laberintos, de perder la perspectiva más fértil, es real. Pero menos importante que el riesgo –infinitamente peor– de ahogar tus razones y tus emociones en una estratosfera sutil, despoblada de seres verdaderos, donde la inexistente resistencia alimentaría tus fantasías de poder y la imposibilidad de contraste condicionaría la vanidad de tu especulación.

 

Jorge Riechmann. El derrotado duerme en el campo de batalla, 2006.

 

La noticia, que sin ser reciente es absolutamente vigente, apareció en noviembre del año pasado en el periódico El Universal: “En los últimos tres años –de 2011 a 2013– el Seguro Popular pagó mil 495 millones de pesos, a través del Fondo de Protección de Gastos Catastróficos (FPGC), a hospitales privados para realizar procedimientos quirúrgicos que practican los sanatorios de la red pública de salud en México”.

Y para poner en contexto lo que significa esa cuantiosa erogación de dinero público –de todos nosotros, no del Gobierno, que no se nos olvide–, la nota señala un poco más adelante: “Con esa cantidad se podría construir un hospital regional de 249 camas, como el que se edifica en Morelia, con un costo de mil 423millones de pesos; 6.5 Unidades de Medicina Familiar con 10 consultorios cada una (costo por centro, 228.3 millones de pesos), o pagar el tratamiento de unos 14 mil niños con cáncer durante todo un año, de acuerdo con informes de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y de la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con Cáncer, respectivamente”.

Blaise Pascal (1623-1662) fue un matemático, físico, filósofo y escritor francés que hizo importantes aportaciones científicas e incursionó en la teología, si bien por su corta vida no pudo concluir su obra más anhelada, la Apología del cristianismo.

Hacia 1648, Pascal publicó la Relación del gran experimento sobre el equilibrio de los líquidos, en donde enunció lo que se conoce como principio o ley de Pascal, que dice más o menos lo siguiente: “la presión ejercida sobre un líquido poco compresible y en equilibrio dentro de un recipiente de paredes indeformables se transmite con igual intensidad en todas la direcciones y en todos los puntos del fluido”. Este principio explica lo que se sucede en los vasos comunicantes. Cuando la presión ejercida en el primer vaso desplaza cierto volumen de líquido, la misma cantidad de este líquido pasa al segundo vaso por la comunicación que une a ambos.

Como ya he comentado con anterioridad, la figura de los vasos comunicantes ha sido empleada con gran acierto por el Grupo de Estudio en Desigualdades en Salud de la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona para explicar las relaciones entre la sanidad pública y la privada. Preocupados ante la ola de privatización –la transferencia parcial o total de las funciones o activos públicos hacia el sector privado– y mercantilización –la introducción de criterios en el funcionamiento y gestión de las administraciones públicas– del sistema sanitario público de Cataluña y sus efectos negativos en la atención de los pacientes, estos investigadores han demostrado que, como vasos comunicantes, la sanidad pública y la privada están íntimamente relacionadas. De modo que la prosperidad económica de la sanidad privada y el enriquecimiento de sus propietarios tienen una relación directa con la pauperización de la sanidad pública.

Desde luego que este fenómeno no se circunscribe a lo que está ocurriendo en aquella región española. Se puede observar en muchos otros lugares del planeta. Al leer lo publicado en El Universal a finales del año pasado, se concluye sin ser muy agudo que esta misma situación la estamos viviendo en México.

Aunque perfectible –todos los proyectos humanos lo son–, el Seguro Popular parece haber sido concebido como un instrumento para llevar el principio de justicia social a un amplísimo sector de la sociedad mexicana que carecía de una cobertura sanitaria pública apropiada. Sus resultados han sido muy desiguales en distintas partes del país. Hemos podido constatar que en algunos lugares ha funcionado bien y que los recursos económicos del Seguro Popular han sido invertidos adecuadamente en la ampliación y modernización de la infraestructura y equipamiento de los hospitales públicos, incluso ha permitido contratar más personal y/o capacitar al existente. Sin embargo, en otros puntos de la geografía nacional los beneficios de este sistema no existen o se han desviado, mediante las comunicaciones aludidas, para beneficio de la sanidad privada. Es una realidad que no debe ocultarse, tal como la ha hecho el periódico capitalino.

La sanidad privada no sólo es una actividad lícita, sino deseable. En nuestro medio permite, entre otras cosas, desarrollar proyectos particulares de atención sanitaria y ofrecer un servicio a aquellos segmentos de la población que pueden permitirse el acceso a este tipo de práctica médica. Lo que no parece válido es que su desarrollo dependa, como en el caso de las cirugías de cataratas publicado en El Universal, de cuantiosas extracciones del erario público.

La excusa que se esgrime desde el sector oficial es el rezago que existe en la sanidad pública, con largas listas de pacientes que deben ser tratados de diversas enfermedades. Se acude a la sanidad privada porque la pública ha sido rebasada por la cuantiosa demanda. Eso es justamente lo que ha ocurrido con el Seguro Popular. Al aumentar súbitamente el número de derechohabientes, la sanidad pública mexicana, que no había crecido por décadas de acuerdo a las necesidades crecientes de la población, se reveló vergonzosamente ineficiente y atrasada.

Ante esta situación, tal parece que algunas autoridades optaron por la vía más fácil y seguramente más provechosa desde el punto de vista pecuniario: seguir ahogando a la sanidad pública y utilizar los recursos del Seguro Popular para pagar con generosidad y puntualidad envidiables los servicios subrogados a la sanidad privada. Es, sin duda, un negocio casi perfecto: sin arriesgar prácticamente el patrimonio propio, los dueños de la sanidad privada obtienen cuantiosos recursos provenientes del erario público aprovechando las necesidades insatisfechas de los que menos tienen, que se convierten así y dicho de manera eufemística “en un jugoso nicho de mercado”.

En la medida que una institución pública de salud no cubre una o varias necesidades de los pacientes que se atienden en ella, el vacío de atención que se genera es objeto del interés de otros actores, como puede ser el caso de la sanidad privada. Hasta ahí no se vulnera ningún derecho de los pacientes, siempre y cuando la sanidad privada se avenga a un precio razonable por el pago de sus servicios. Este punto es muy delicado, ya que se trata de dinero público –el dinero de todos, que nunca se nos olvide– cuyo gasto juicioso debe respetarse por encima de cualquier interés particular.

Si como reza un refrán anglosajón “el diablo está en los detalles”, los detalles que pone de manifiesto el artículo publicado en El Universal son, primero, que las autoridades competentes no hagan lo suficiente para mejorar y ampliar los alcances de la sanidad pública en México y, segundo, que en lugar de utilizar los recursos públicos para apoyar a la sanidad pública, prefieran canalizarlos a la sanidad privada.

Se puede aducir que se trata de una situación transitoria, una solución provisional mientras se robustece la sanidad pública. Y entonces, la pregunta es: ¿cómo se pretende reforzarla si los pocos recursos que habitualmente se destinan a la sanidad pública, especialmente ahora que con las medidas de austeridad anunciadas por el Gobierno serán todavía menores –éramos pocos, y parió la abuela–, se impide que lleguen a donde más se necesitan?

No se puede pensar que todo esto es una situación inevitable. Ni podemos creer que las condiciones económicas adversas que privan en el exterior, únicas responsables oficiales de que estemos contra las cuerdas, se rijan por leyes desconocidas e inmodificables, como si fuesen desastres naturales: terremotos o tsunamis. Cuando nos enfrentamos ante fenómenos sociales cuyas razones desconocemos, es de sabios apegarse a aquel otro refrán anglosajón: “sigue la pista del dinero” (follow the money). Y aquí ni siquiera es necesario invocar al diablo. Los responsables son humanos. Sus nombres y apellidos los conocemos todos.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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