NO ES TAN SIMPLE.

Sin embargo, al definir el estatus moral del embrión, los argumentos clásicos que esgrimen los estudiosos de la bioética y los filósofos se basan a menudo en fragmentos de evidencia biológica que a veces son cuestionables si uno los examina minuciosamente desde el punto de vista de la biología moderna. Por ejemplo, un dogma ampliamente aceptado dice que la vida humana es un proceso continuo que empieza con la fertilización y que no muestra transiciones nítidas, durante el cual no se agrega nada sustancial que justifique un cambio de estatus. Otro dogma establece que el cigoto posee el potencial completo para convertirse en un ser humano.

Chistiane Nüsslein-Volhard. Coming to life. How genes drive development, 2006.

Como suele suceder con muchos descubrimientos, la lectura del genoma humano ha generado más preguntas que respuestas. Conforme se avanza en el conocimiento íntimo de la materia viva, se enfrenta una complejidad creciente que dificulta su comprensión y que obliga al recurso de la tecnología para poner en orden y perspectiva la ingente cantidad de datos que generan las investigaciones científicas.

Sabiendo que son las proteínas las que ejecutan la mayor parte de las funciones celulares, uno podría esperar que el conocimiento del genoma humano entronizaría a los genes –las porciones del material genético con la información necesaria para fabricar proteínas– como las piezas claves del rompecabezas para entender la vida. Lejos de ello, lo que ha ocurrido en el siglo que estamos estrenando es que los genes han perdido la supremacía que tuvieron a partir de la segunda mitad del siglo XX. Así lo expresa Evelyn Fox Keller, profesora de historia y filosofía de la ciencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en su libro El siglo del gen (The century of the gene. Harvard University Press, 2000):

La idea de los genes como agentes causales únicos y claros que constituyen la base de todos los aspectos de la vida orgánica está enraizada tan profundamente en el imaginario colectivo y en el pensamiento científico que se necesitará mucho más que buenas intenciones, diligencia y crítica conceptual para desbancarla. Y lo mismo puede decirse de la idea de un programa genético –de cuño más reciente– , insertada en nuestra forma de pensar junto con la convicción (expresada así por Jacob y Monod) de que “el genoma contiene no sólo una serie de instrucciones, sino un programa coordinado para la síntesis de proteínas y los medios para controlar su ejecución”. De hecho, estas ideas son la base de tema de la película “Parque Jurásico”, es decir, su premisa completamente fantasiosa de que uno puede clonar un dinosaurio a partir de su material genético…

… He discutido en este libro que nuestra comprensión de la complejidad del desarrollo dinámico de los seres vivos ha debilitado de manera crítica el concepto de los genes como causas de ese desarrollo. Es más, los descubrimientos recientes de la biología molecular nos han permitido apreciar mejor la magnitud de la brecha que existe entre la información genética y la significación biológica.

Es cada vez más evidente que los genes no explican por si solos la asombrosa complejidad de la vida. Todo parece indicar que son el resguardo de la identidad química del individuo, por lo que su integridad es fundamental. Sin ella, la vida toma extraños y tortuosos caminos en los que se puede extraviar para siempre. Sin embargo, los genes no lo explican todo, necesitan una o varias contrapartes para poder desplegar todo su potencial. Además, no se mandan solos. Miríadas de señales químicas influyen de manera determinante para que la información contenida en el material genético salga a la luz o permanezca en la sombra. Esas señales forman parte de un campo floreciente y prometedor: la epigenética.

Lo que llegamos a ser depende tanto de la información heredada de nuestros padres, como de diversas influencias medioambientales –físicas, culturales y posiblemente hasta psíquicas– que modulan lo contenido en los genes. La vieja controversia sobre qué es lo más importante para el desarrollo de la vida de un individuo, si su información genética (la naturaleza) o el medio ambiente (la crianza), ha perdido fuelle, ya no tiene mucho sentido. Los dos son importantes y el individuo es una mezcla imprevisible de ambos. La incertidumbre del desarrollo se encuentra en la misma esencia de la vida, impresa incluso en los óvulos maternos y en los espematozoides paternos.

El cigoto, esa primera célula que al multiplicarse y diferenciarse se convierte en el organismo que hoy somos, tiene ya la memoria química de sus ancestros, así como las células de nuestro cuerpo adulto tienen una memoria de las células embrionarias y fetales de las que provienen. Eso es lo que señala uno de los textos clásicos de la biología contemporánea, Biología molecular de la célula, de Bruce Alberts y colaboradores (Molecular biology of the cell. Garland Science, 2015):

En la base de la riqueza y las consecuencias asombrosamente complejas del desarrollo está la memoria celular. Tanto la expresión de los genes como la forma en que se comportan dependen del pasado de la célula, asi como de sus circunstancias presentes. Las células de nuestro cuerpo –las células musculares, las neuronas, las células de la piel, del intestino, etc.mantienen sus funciones especializadas en buena parte porque conservan un registro de las señales extracelulares que sus antepasadas recibieron durante el desarrollo embrionario, más que por las señales que reciben continuamente de su entorno.

 

            Así que para el desarrollo de un ser humano no bastan el material genético (los genes) y el supuesto programa genético (que hoy sabemos inexistente) contenidos en el cigoto. El desarrollo de esa célula dependerá de otros muchos factores, cuyo concurso no está necesariamente predeterminado. Quienes siguen esgrimiendo el argumento de los genes y su programa como los directores de orquesta de la vida intrauterina incurren en una especie de preformacionismo, aquella teoría sobre el desarrollo embrionario especialmente vigente entre los siglos XVII y XVIII, según la cual el desarrollo del embrión no es más que el crecimiento de un organismo que ya estaba preformado y contenido en el óvulo o en el espermatozoide: el homúnculo. Con los conocimientos actuales, esto resulta inaceptable. Lo expresa muy bien el psiquiatra estadounidense Leon Eisenberg:

Para producir otro Mozart necesitaríamos no sólo su genoma, sino el útero de su madre, las lecciones de música de su padre. a su hermana Nannerl, a sus amigos y a los de él, al estado de la música en Austria en el siglo XVIII, el generoso apoyo de Haydn, la interacción con su alumno, el joven Beethoven, la devoción (y la modestia) de su esposa Constanze, el patronato del emperador Joseph II, la competencia de Salieri como compositor de la corte, y así en círculos cada vez más amplios. Concedemos que sin su genoma único, el resto no hubiera sido suficiente, después de todo, sólo hubo un Mozart. Pero no podemos hacer la inferencia opuesta: que su genoma, cultivado en otro mundo y en otro tiempo, resultaría en un genio musical creativo igual.

 

La estrepitosa caída del determinismo genético, esa teoría que le otorga a los genes el control absoluto del destino humano, debilita seriamente tanto a aquellos que, confiando ciegamente en la ciencia sin conciencia, consideran que el embrión humano es un simple objeto de experimentación, como a los que, aferrados a ultranza a dogmas religiosos que asumen incuestionables, han sacralizado la vida al punto de negarse a debatir racionalmente su asombrosa complejidad, impidiendo con ello la posibilidad de aliviar el sufrimiento de tantos seres humanos.

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