BUSCANDO A HENRY.

Para Antonio Rolón Padilla y Carolina Lazcano Fernández,

que lo hicieron posible.

 Quisiera hablar a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y de lo salvaje, en contraposición a la libertad y a la cultura meramente civiles, y considerar al ser humano como un habitante o una parte constitutiva de la Naturaleza, y no tanto como miembro de la sociedad. Quisiera hacer una declaración radical y, si se me permite, enfática, pues ya hay suficientes defensores de la civilización: el sacerdote, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de ello.

Henry David Thoreau. Caminar, 1862.

Quise seguir el rastro de un personaje cuyos subyugantes escritos hace tiempo que vengo leyendo: Henry David Thoreau. Fui al cementerio de Sleepy Hollow, ubicado en las afueras de Concord, Massachusetts, cuyo nombre recuerda aquella película de Tim Burton, estrenada en 1999, que se tituló en español La leyenda del jinete sin cabeza. Las tumbas, con sus clásicas lápidas de borde superior redondeado, estaban distribuidas de manera un tanto caprichosa en las laderas y crestas de un terreno formado por lomas cubiertas de nieve endurecida, que se había posado los días y semanas anteriores a la visita.

Tras subir una loma conocida como “El Risco de los Escritores”, localicé las tumbas de Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson y Louise May Alcott. Me faltaba la más importante y, después de consultar en el teléfono celular unas imágenes que me sirvieran de referencia visual, pude encontrar la tumba de Thoreau. El sitio estaba marcado por un monolito con su nombre, el de sus padres y sus hermanos. Su tumba la señalaba una sencilla y pequeña lápida de mármol con una única inscripción: Henry, en cuya base había numerosos lápices, pequeñas piedras y algunas monedas. Yo mismo dejé constancia de mi visita colocando una pequeña piedra sobre la lápida.

Henry David Thoreau nació en Concord en 1817, fue naturalista (biólogo), agrimensor, maestro de escuela y fabricante de lápices –de ahí los lápices en su tumba–. Se le considera uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, precursor de la ética ambiental que hoy inspira a los auténticos movimientos ecologistas (el Partido Verde exclusive), promotor de los futuros Parques Nacionales, de ideas abolicionistas (antiesclavistas) y, por si fuera poco, inventor de la desobediencia civil. Sus ideas sobre la resistencia pasiva influyeron de manera decisiva en Tolstói, Gandhi, Romain Rolland y, sobre todo, en el Movimiento de los Derechos Civiles de Martin Luther King. Así se expresaba Thoreau en su libro Desobediencia civil (1849):

Acepto de todo corazón el lema “El mejor gobierno es el que menos gobierna”, y me gustaría verlo aplicado de modo más rápido y sistemático. Puesto en práctica, equivale al final a lo siguiente, que es algo que también creo: “El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”, y cuando los hombres estén preparados para ello, esa será la clase de gobierno que tendrán. El gobierno, en el mejor de los casos, es algo conveniente, pero la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos los son alguna vez, un inconveniente… El gobierno, que es tan sólo el medio escogido por el pueblo de ejecutar su voluntad, puede igualmente ser objeto de prácticas deshonestas y pervertido antes de que el pueblo tenga tiempo de actuar por medio de él. Prueba de ello es la actual guerra con México, promovida por un número relativamente pequeño de individuos que utilizan el gobierno permanente como un instumento suyo; porque, de entrada, el pueblo no hubiera aceptado esta medida.

 

            Como si sus ideas sobre la libertad del hombre y el amor a la naturaleza no fuesen suficientes, con esa crítica frontal a la invasión norteamericana en México (1846-1848) Henry David Thoreau se ha convertido para mí en un personaje cuyo pensamiento debe ser motivo de lectura y reflexión.

Thoreau decidió buscarse a si mismo construyendo con sus propias manos una cabaña de madera para vivir en la orilla de la laguna Walden. Allí, a partir del 4 de julio de 1845, pasó dos años, dos meses y dos días, escribiendo primero un libro titulado “Una semana en los ríos Concord y Merrimack”, el relato de una excursión que había hecho en 1839 con su queridísimo hermano John, que moriría de tétanos en 1842. En 1846, empezaría a escribir su famoso libro “Walden; o La vida en los bosques”, un compendio de diversas reflexiones, incluyendo sus experiencias vitales junto a la laguna del mismo nombre.

Visité la laguna Walden, cerca de Concord, en la Reserva Estatal Walden Pond. La laguna, que tiene un perímetro de 2.5 km y una profundidad de 41 metros, mostraba su superficie completamente congelada. Hasta pude ver algunos lugareños que caminaban por ella, dotados de calzado antiderrapante. Los bosques que la rodeaban estaban cubiertos de nieve. Aunque la cabaña en done vivió Thoreau ya no existe, pude visitar una réplica, en cuyo exterior hay una pequeña estatua del escritor y un cartel con una de sus expresiones más conocidas:

Vine a los bosques porque quise vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos más esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que esta tuviese que enseñarme; para no tener que descubrir, en la hora de mi muerte, que no había vivido.

 

            Henry David Thoreau visitó la laguna de Walden por última vez en septiembre de 1861. Enfermo de tuberculosis, murió plácidamente el 6 de mayo de 1862. Uno de sus biógrafos recientes, Antonio Casado da Rocha (Thoreau. Biografía esencial. Acuarela y A. Machado Libros, 2014) lo relata de la siguiente manera:

Luego le pidió a Sophia [su hermana menor] que leyera en voz alta el último capítulo de “Una semana en los ríos Concord y Merrimack”. Por un instante estuvo de nuevo con su hermano de regreso a Concord, y la belleza del mundo entero, como escribió entonces, reposaba ante quien, navegando río abajo, sólo tiene que mover el timón para mantener su barca en el centro del caudal y evitar los saltos de agua. “Ahora navegaremos bien”, le susurró a Sophia. Ella asintió en silencio. Thoreau intentó decir algo acerca del libro sobre los bosques de Maine, pero enseguida se dejó llevar por el río sin mayor agonía. Su hermana y amigos se encargarían de publicarlo. Se diría que Thoreau murió soñando con los días y los dioses, Concord y Harvard, John y Ellen, Emerson y el Club, el Musketaquid y el Merrimack, Walden y Kant, el Este y el Oeste, Joe Polis y John Brown; con todas las cosas libres y salvajes que había amado. “Indio, alce”; estas fueron sus últimas palabras.

 

            Aquel libro, cuyo último capítulo escuchó pocos minutos antes de morir, tiene un epígrafe muy hermoso que revela el enorme cariño que Thoreau le tenía a su hermano John:

Adondequiera que navegues, navegas conmigo,

Aunque ahora asciendas montañas más elevadas,

Y ríos más puros remontes,

Sé mi Musa, Hermano mío.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s