MANCHAS EN LAS MANOS.

Así pues, al reflexionar sobre este tema, encuentro cuatro razones por las que la vejez puede parecer desgraciada: una, porque nos aparta de la vida activa; otra, porque hace al cuerpo más débil; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está lejos de la muerte.

Marco Tulio Cicerón. Acerca de la vejez, 44 a.C.

 

 

Miro el dorso de mis manos y veo en ellos algunas manchas de color café oscuro. Todavía no son muchas, aunque se han ido sumando a lo largo de los últimos años. Entre ellas, algunas venas abultadas que, desde la base de los dedos, cruzan hacia las muñecas. Esas manchas oscuras y esas venas prominentes me recuerdan las manos de mi padre, aunque sus manos eran mayores que las mías. Yo heredé las manos pequeñas de mi madre.

Sé también lo que esas manchas y esas venas representan. Son la avanzada de la vida, los heraldos de la vejez que se aproxima. La sustancia química de las manchas tiene un nombre científico que, como muchos de esos términos, es misterioso y difícil de recordar: lipofuscina. Es un pigmento que se acumula con la edad. Es bueno saber que también va tiñendo a algunas de mis neuronas y células del corazón.

Es un fruto del desgaste, del trajín de tanto tiempo transcurrido desde aquel lejano día en que nací. Aunque el cuerpo sabe reutilizar mucho de lo que desecha en sus trabajos cotidianos, hay sustancias que se van quedando atrapadas y que por su naturaleza no pueden digerirse ni eliminarse. Sirven para anunciarnos que el tiempo no pasa en balde. Nos susurran nuestra mortalidad.

Aunque lleguen a ser muchas, no pienso disimularlas. La vejez no es un diagnóstico, aunque en estos días parezca ser hasta un pecado. Es una etapa de nuestro paso fugaz por esta vida, la última, pero una etapa tan natural e inevitable –salvo que uno muera prematuramente– como la niñez o la adolescencia. Como para las demás etapas, nadie nos prepara para la vejez. Llega y ya.

¡Lipofuscina! Con todo y todo, el nombre es bonito. Tiene dos raíces. Lipo, la primera, es fácil de reconocer porque la escuchamos con frecuencia. ¿Quién no ha oído hablar de la liposucción? Lipo viene del griego y quiere decir grasa o aceite. Esta raíz nos aclara la composición química del pigmento. Se trata de un lípido, de una grasa.

Sin embargo, fuscina, es más escurridiza. Esa sí que es misteriosa… o tal vez no tanto. Fuscina viene de fuscus, que en latín significa oscuro. ¿No decíamos que las manchas de las manos son de color café oscuro? De la misma raíz viene la palabra hosco, palabra que puede aludir a la tez oscura de algunas personas, a un carácter áspero e intratable o a un ambiente poco acogedor, incluso amenazador. Resonancias familares: en catalán, oscuro se dice fosc.

¡Qué extrañas relaciones entrelazan las palabras y los hechos! Las manos de quien envejece se van haciendo oscuras. ¿Tendrá algo que ver con el hecho de que algunos ancianos –¿pocos o muchos? – se vuelvan cada vez más hoscos? Aunque motivos no les faltan, pues al final de la vida se pueden acumular muchos sinsabores, no lo podemos saber. Como en las manos, tal vez el alma se vaya manchando de ese pigmento oscuro, hosco, con el paso de los años.

Pero hay también ancianos muy vitales, cuyo carácter jovial, optimista, cuya insaciable curiosidad juvenil es un mentís de sus manos oscurecidas. Es una fortuna conocerlos, trabar relación con ellos, escucharlos y aprender de sus experiencias que no tienen precio para nosotros, aunque sí lo ha tenido para ellos, precio que han pagado con su propia vida. Son dignos de imitación, pues han sabido vivir hasta el final, sorteando muchos contratiempos sin perder el estilo. Cuando se van, uno siente un vacío que no podrá llenar jamás. Ancianos indispensables.

Tuvimos el privilegio de convivir con una maestra que fue así hasta el último momento. Sus manos estaban llenas de manchas que no acababan de gustarle. Su recuerdo viene a nosotros una y otra vez. Su interés por interpretar los aconteceres del mundo no tenía límites. Nos sigue enseñando desde una dimensión a la que todavía no hemos llegado: la inmortalidad existe.

Al ver las manchas en el dorso de mis manos, me pregunto cómo será la vejez. Ya se han presentado algunas alteraciones físicas, pero, al parecer, son todavía reversibles o de fácil solución. ¿Y cuando ya no lo sean? ¿Cómo se presentarán? ¿Nos esperan años de incapacidad y de absoluta dependencia antes de la muerte? ¿Estaremos a la altura para enfrentarlas sin perder la dignidad en las manos ajenas o incluso en las propias? ¿Sabremos y podremos mantener el estilo hasta el final?

Ni como médicos tenemos más o mejores respuestas que el resto de los seres humanos. La medicina parece haberse olvidado de un imperativo biológico contra el que no existe remedio porque, simple y llanamente, no es una enfermedad. Así lo expresa el doctor Atul Gawande en su libro “Ser mortal. La medicina y lo que importa al final“ (Being mortal. Medicine and what matters in the end. Metropolitan Books, 2014):

 

Aprendí muchas cosas en la escuela de medicina, pero la mortalidad no fue una de ellas. Aunque en el primer semestre se me proporcionó un cadáver enjuto y correoso para disecarlo, sólo sirvió para que aprendiese la anatomía humana. Nuestros libros no decían casi nada sobre el envejecimiento, la fragilidad o la muerte. El cómo se desarrolla ese proceso, cómo experimenta la gente el final de su vida y cómo afecta todo ello a quienes los rodean parecía ser irrelevante. Desde nuestro punto de vista y el de nuestros maestros, el objetivo de la escuela de medicina era enseñarnos cómo salvar vidas, no cómo ocuparnos de su final.

           

            Como en todas las etapas de la vida, aprendemos a ser viejos sobre la marcha. No hay cursos propedéuticos, ni siquiera lo que han escrito los filósofos es una guía segura. Hay que vivir la vejez, pasarla, experimentarla y, si se tiene suerte, hasta pensarla. Pocos tendrán esa fortuna y sólo algunos la transmitirán con la plena conciencia de dirigirse a las generaciones futuras. “La muerte me lleva de la mano, pero se está portando bien porque me está dejando pensar”, dijo José Luis Sampedro, ese anciano perenne. Y Olga Lucas, su viuda, nos confirma que “efectivamente, José Luis Sampedro estuvo pensando, leyendo, anotando y afanándose en escribir hasta el último suspiro”.

Contemplando la chimenea, una de las cosas que escribió, publicada de manera póstuma el año pasado (Sala de espera. Plaza y Janés, 2014), nos da la clave para que nos ubiquemos en la incesante danza de la vida, para que tomemos distancia del yo que tanto nos preocupa:

 

Anochece. Sobre los troncos encendidos un camarero apila dos brazadas de sarmientos secos, que en el acto arden restallantes como alambres de cobre al rojo. Las llamas se reavivan, infinitas chispas suben con el humo o escapan de la fogata en parabólicos saltos, cayendo en las losas del hogar. Es el Cosmos en miniatura: el gran hueco de la campana de piedra acogiendo la energía en combustión, encendiendo los troncos, creando ascuas como rubíes, antorchas, brasas, carbones, cenizas y una pirotecnia de chispas liberadas. Los innumerables componentes del mundo: cordilleras y océanos, árboles y máquinas, hombres y bacterias. El hombre que escribe estas líneas es, sencillamente, una de esas chispas, ya en su ocaso. “El puesto del hombre en el cosmos”, se titulaba un libro de mi tiempo. Y eso somos: un momentáneo corpúsculo, material biodegradable para el perpetuo reciclado. Un infinitésimo de energía, en fin. Pero hablante.

 

Si nos reconocemos así, quitándonos importancia, aceptaremos mejor la vejez. Asumiremos lo que venga con más serenidad. Y hasta veremos con simpatía esas manchas que, poco a poco, van restando luz a nuestro espacio vital, tendiendo un velo tenue y oscuro para que nos vayamos acostumbrando sin sobresaltos a la luz dorada y declinante del último atardecer.

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One thought on “MANCHAS EN LAS MANOS.

  1. Estimado Luis:

    Me gusta mucho el sabor personal y la reflexion de tu experiencia a traves de la vida para disccutir topicos tan dificiles en tu columna semanal. El tema de la vejez nos hace humildes, pero no menos ambiciosos de seguir viviendo una vida plena y de buscar nuevo conocimiento y experiencias. Te dire que me he revisado y no he notado muchas manchas en mis manos, pero si la piel mas delgada y las venas prominentes. Recibe un abrazo afectuoso,

    Roberto

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