AYER COMO HOY.

Para mi esposa Lucila, compañera fiel e indispensable en mil batallas.

 

Uno no encontrará en esta obra… ni “las vidas de los santos” ni la “genealogía de las casas nobles”, sino la genealogía de las ciencias más valiosas para quienes pueden pensar… no los “conquistadores” que asolaron la tierra, sino los genios inmortales que la han ilustrado… porque esta “Encyclopédie” lo debe todo a talentos, no a títulos, todo a la historia del espíritu humano y nada a la vanidad de los hombres.

Jean Le Rond D’Alembert. Encyclopédie, 1751.

 

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951 y fue reportero de guerra durante 21 años. Durante la cobertura periodística de los conflictos armados de Chipre, Líbano, Eritrea, el Sáhara, las Malvinas, el Salvador, Nicaragua, Chad, Libia, Sudán, Mozambique, Angola, el Golfo Pérsico, Croacia y Bosnia, pudo ser testigo de algunos de los peores excesos en los que puede incurrir el ser humano.

Tras renunciar a Radio y Televisión Española en 1994 por diferencias irreconciliables con sus directivos, decidió dedicarse de lleno a la literatura. Ya en 1986 había publicado El húsar, su primera novela, cuya trama transcurre en la España invadida por las tropas de Napoleón a principios del siglo XIX. Desde 2003, ocupa el sillón T de la Real Academia Española.

Además de novelas, Pérez-Reverte escribe una columna semanal titulada Patente de Corso, que aparece en el suplemento XL Semanal. Por fortuna, puede leerse cada lunes en la página web del escritor (http://www.perezreverte.com). En ella opina de numerosos temas y, porque no decirlo, desahoga sus filias y sus fobias, a veces con notable virulencia. Estas columnas han sido recopiladas y también se han publicado a manera de libros, en algunos casos dedicados a un solo tema, como el que trata sobre el mejor amigo del hombre, al que él tanto aprecia, que vio la luz a finales del año pasado con el título de Perros e hijos de perra (Alfaguara, 2014):

 

He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente. No existe mejor alivio para la melancolía y la soledad que su compañía fiel, la seguridad de que moriría por ti, sacrificándose por una caricia o una palabra…

Ningún ser humano vale lo que un buen perro. Cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio.

 

Arturo Pérez-Reverte nos ha vuelto a asombrar. Hace apenas unas semanas que ha publicado su última novela. Se titula Hombres buenos (Alfaguara, 2015). La vigencia del tema, la maestría con la que narra la trama, la rigurosa investigación que llevó a cabo para escribirla y las reflexiones que de tanto en tanto deja caer en boca de los personajes hacen de esta novela una obra cuya lectura puede recomendarse ampliamente.

Los personajes y los hechos principales son reales, aunque los diálogos y muchos detalles pertenecen a la ficción histórica en la que Pérez-Reverte es un maestro consumado. Además, el propio autor nos habla directamente a intervalos, para contarnos cómo se documentó para escribir el libro, incluyendo las visitas a los sitios y caminos que los protagonistas frecuentan a lo largo de la historia.

La trama discurre durante la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los miembros de la Real Academia Española deciden enviar a un par de los suyos a París para que traigan a escondidas los 28 volúmenes de la Enciclopedia francesa, la obra emblemática de la Ilustración, cuyo contenido era considerado sumamente peligroso por la Iglesia Católica de la época, por lo que había prohibido su lectura en varios países de Europa y muy particularmente España, donde el dominio eclesiástico sobre las conciencias era prácticamente absoluto y el desacato a sus dogmas y dictados entrañaba graves riesgos, incluso la muerte. En España, han tenido que pasar poco más de dos siglos para que ese grillete empiece a aflojarse.

Los académicos escogieron a dos miembros disímbolos para llevar a cabo aquella misión: el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate. La descripción física y psicológica que de ambos hace Pérez-Reverte es deliciosa y cuando el primero le pregunta a Vega de Sella, el director de la Real Academia, porqué lo ha escogido a él para tan importante y peligrosa misión, recibe esta respuesta:

 

Porque es hombre de bien, Don Hermógenes –precisa–. Sensato, estimable y competente bibliotecario para la Docta Casa. Alguien de fiar, igual que nuestro señor almirante. Los compañeros académicos no se han equivocado al depositar su confianza en ustedes…

 

            ¿Por qué señalé que el tema es vigente? Porque la novela ilustra la lucha secular entre el poder liberador de la razón y la tenaza del oscurantismo, ya sea de origen político, económico o religioso. A pesar de los años transcurridos, esa pugna sigue viva y determina la vida y el destino de muchos seres humanos. Cuando creemos que los beneficios de la modernidad se han extendido a todo el orbe, nos topamos de pronto con graves atentados a la libertad de expresión y pensamiento como los que suceden incluso en nuestro propio país.

Aunque confieso que he leído apenas 160 páginas de las casi 600 que tiene la novela, son tantos los párrafos y las líneas que me han llamado la atención, despertando en mí los ecos de antiguas y no tan antiguas vivencias, que me he visto impelido a compartirlos hoy mismo. En uno de estos pasajes, los dos compañeros y protagonistas hablan sobre la situación de la España dieciochesca. Habla en primer término el almirante don Pedro Zárate:

 

–…No hay en España pensadores originales, ni filósofos originales. La omnipresente religión impide florecer. No hay libertad… Cuanto llega de afuera se acepta con la punta de los dedos, por no quemarse.

–Le repito que tiene usted razón, almirante. Pero antes ha pronunciado la palabra “libertad”, donde hay doble filo. La gente del norte de Europa ve esa palabra de otra manera. Aquí es un delirio sugerir al pueblo inculto y violento que puede ser dueño de sí mismo. Esos extremos sentencian la suerte de los reyes. No van éstos a lanzarse al vacío de las reformas si se cavan la fosa.

–No me saldrá usted ahora con el carácter sagrado del trono, Don Hermes…

–En absoluto. Pero sí con el respeto que le debe. Y es extraño discutir esto con usted, que ha sido marino del rey.

–Una cosa es que uno dé la vida por su deber, si hace falta, y otra que se engañe sobre la naturaleza de reyes y gobiernos… La lealtad es compatible con la lucidez crítica, querido amigo (las negritas son mías).

 

            ¿Lograrán don Hermógenes Molina y don Pedro Zárate introducir subrepticiamente en España la Encyclopédie? Desde luego que sí. El propio Arturo Pérez-Reverte ha podido consultar sus gruesos volúmenes en la biblioteca de la Real Academia, incluso aparece retratado con uno de ellos en las manos, como puede apreciarse en la solapa anterior de esta novela extraordinaria.

¿Cómo lo lograron los dos protagonistas? Bueno, tal vez eso sea el tema de una próxima Mesa de autopsias.

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