EL PAÍS QUE YA NO SE PUEDE ESCONDER.

En los mapas, Matamoros se sitúa en el noreste de México, a orillas del río Bravo, cara a cara con Brownsville (Texas). Pero en la mente de los mexicanos, es lo más cercano al infierno. La ciudad, de medio millón de habitantes, vive en un estado de guerra permanente… El aire se llena entonces de pólvora. Pero pocas veces se sabe de dónde proceden las balas.

Jan Martínez Ahrens. Sobrevivir en Tamaulipas. El País, 15 de abril de 2015.

 

Cuando llegamos a México en julio de 1976, esto era una sucursal del Paraíso Terrenal. El dólar estaba a 12.5 pesos (de los de antes) y la imagen internacional de nuestro país era inmejorable: marciahis, Acapulco, sitios arquelógicos enigmáticos y artersanías que asombraban al mundo.

Aquella reedición de la pax porfiriana, cuyas riendas llevaba entonces con donaire y habilidad envidiables el partido que había heredado las conquistas irrenunciables de la Revolución Mexicana, hacía de la felicidad nacional un sueño que todos podíamos alcanzar a la vuelta de la esquina.

Para los recién llegados, ese sueño nos duró bien poquito. Hacia el final del sexenio del licenciado Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y tras 22 años de estabilidad cambiaria, el peso mexicano sufrió una devaluación a la que seguirían otras muchas y la paridad fija ante el dólar estadounidense mutó a un régimen de flotación que condujo a una paradoja muy curiosa: desde entonces, más que flotar, el peso no ha dejado de hundirse, hasta llegar a las profundidades abisales en las que, como ya se sabe, todo es oscuridad.

En los últimos ocho o nueve años, aquella imagen internacional de la Arcadia feliz se ha hecho añicos. Seguramente inspirado en las Cruzadas de un catolicismo medieval al que lo unen los afectos profundos de su partido, el licenciado Felipe Calderón Hinojosa decidió abrir las compuertas de aquel infierno que todos sabíamos que estaba allí pero que, por un acuerdo tácito con las autoridades, habíamos decidido soslayar por puro instinto de supervivencia.

Ahora México está en la mira de un mundo globalizado. Y no por las mejores razones. Un día sí y el otro también, no faltan señalamientos cuyo dedo acusador pertenece a la mano de alguna autoridad extranjera o experto internacional. Son los señalamientos que más nos duelen ya que, por una vieja costumbre, a los expertos nacionales casi nunca los tomamos en cuenta, salvo que piensen como nosotros. Si alguien de aquí se atreve a discrepar y cuestiona lo políticamente correcto, lo mejor es ignorarlo. Hacer como si no existiese.

En la esfera internacional, ahí está lo de Juan Méndez, el argentino que es hoy el relator especial de la ONU para la tortura. Su informe sobre la situación generalizada de la tortura en México nos pone en entredicho. ¿Y qué ha pasado? Tras varios intentos para socavar la credibilidad del relator y en una especie de reducción al absurdo pero al revés –la proposición que no puede ser verdadera es necesariamente falsa–, el gobierno mexicano ha decidido ignorar las conclusiones del informe presentado por Juan Méndez. La táctica del avestruz: ni te veo ni te oigo.

A pesar de ello, no nos dan ya un momento de respiro. No nos dejan en paz (¿la paz de los sepulcros?). Ahora es Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, el que nos apremia a analizar y discutir los efectos de la violencia en México. De acuerdo a lo publicado en el periódico español El País este viernes 17 de abril de 2015, para Maurer “hay problemas humanitarios que ya no pueden ser negados por los gobiernos”. Tras una breve visita a México y El Salvador, la Cruz Roja Internacional pone a la disposición del gobierno mexicano una herramienta informática para gestionar datos forenses: “La herramienta podría ayudar a las autoridades a identificar o descartar con mayor rapidez los casos de desaparecidos que inundan el territorio mexicano”.

Y eso que Peter Maurer se refiere a la violencia directa, cuyas víctimas son los desaparecidos y los asesinados. Poco o nada se dice sobre la llamada violencia estructural, que daña a la mayoría de los mexicanos y a la que ya me había referido anteriormente en estas páginas (http://heraldo.mx/una-vision-mas-amplia-de-la-salud-publica/):

 

… la violencia estructural, término acuñado por el sociólogo noruego Johan Galtung y los teólogos de la liberación, que describe las estructuras sociales –económicas, políticas, legales, religiosas, culturales– que impiden a individuos o grupos el desarrollo pleno de sus potencialidades.

Si bien el término violencia evoca generalmente algún fenómeno físico o verbal que puede reconocerse fácilmente, la raíz de estas formas de violencia directa se encuentra justamente en la violencia estructural que, además, al estar tan profundamente integrada en nuestra vida social, pasa fácilmente desapercibida. Son ejemplos de violencia estructural que podemos ver en nuestro medio la inequidad en el acceso a los recursos económicos, al poder político, a la educación, a la atención de la salud y a la protección legal. La idea de violencia estructural está ligada de manera estrecha a la injusticia social y a la maquinaria social de la opresión.

 

Muestra muy de lo anterior es lo que se ha divulgado recientemente sobre las condiciones infrahumanas en las que viven y trabajan millones de jornaleros en el campo mexicano. Condiciones propias de la Colonia o del porfiriato, aquellas épocas de la historia de México que creíamos superadas. Tal parece que para estos mexicanos la Independencia y la Revolución no son más que relatos de ficción histórica. También publicado este viernes 17 de abril de 2015, El País lo subtituló “Dos millones de personas trabajan en el campo mexicano jornadas hasta de 15 horas por menos de cinco dólares al día”:

 

En Guanajuato les dicen los oaxaquillos, un mote con un velado toque clasista, aunque la mayoría de los que están aquí son de Guerrero. El apodo, sin embargo, no es infundado. La mayoría provienen de los tres estados más pobres del país: Oaxaca, Guerrero y Chiapas, según un estudio de la Facultad de Economía de la UNAM; pero el mismo informe añade que la estimación de dos millones se queda corta. “La población jornalera estimada es de 2,040,414 jornaleros, pero incluyendo a la familia esta población asciende a 9,206,429 personas”, afirma la investigación realizada por Antonieta Barrón y José Manuel Hernández. El promedio de vida laboral es de unos 15 años…

… Precisamente en San Quintín, Baja California, es donde han estallado una serie de manifestaciones sin precedentes recientes en México. Los jornaleros llevan semanas en protesta y

huelga para exigir un sueldo de al menos 200 pesos diarios por persona —13 dólares— y, sobre todo, seguridad social. “Si faltas un día porque te enfermaste, te pueden exigir hasta 400 pesos —26 dólares—”, afirma un representante de la organización. Los enfrentamientos han llegado a tal tensión que la policía ha detenido a más de 200 jornaleros.

La crisis de San Quintín ha revelado que prevalecen prácticas que se remontan a los años previos a la Revolución Mexicana. Los empleadores mantienen activas las “tiendas de raya”: establecimientos que cobran por adelantado a los campesinos el alimento que consumen a precios muy por encima del mercado. “Son una trampa pues toleran que los niños vayan a la tienda y pidan comida chatarra. Al final de la semana la familia tiene una cuenta larguísima que supera al sueldo que supuestamente habían ganado”, indica el estudio.

 

Ya no nos podemos seguir escondiendo de la mirada del mundo. Como decía Abraham Lincoln: “se puede engañar a todos alguna vez, o engañar a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre”. La táctica del avestruz no sólo es inútil, es además muy peligrosa. Es hora de abrir los ojos.

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