UNA LUCHA INTERMINABLE.

No hay nadie que luche contra la enfermedad en estos días y que dude sobre la necesidad de abrir un nuevo frente. Para que hoy podamos reducir la carga del cáncer, primero tenemos que evitar que aparezca y encontrar la manera de que los millones de sobrevivientes al cáncer no recaigan. No importa lo eficientes que seamos hoy tratando el cáncer, tenemos que anular aquellos factores que hacen que la enfermedad aparezca o recurra. Creo que si cuando esta guerra empezó hubiésemos actuado en lo que a la larga se ha sabido sobre las causas industriales y medioambientales del cáncer, al menos se podían haber salvado un millón y medio de vidas. Un enorme número de bajas del que los responsables de conducir esta guerra tienen que responder.

Devra Davis. The secret history of the war on cancer, 2007.

            Aquel momento que inmortalizó la fotografía ocurrió el 23 de diciembre de 1971 y en ella, el entonces Presidente de los Estados Unidos de Nortamérica, Richard Nixon firmó lo que se conoció como el Acta Nacional del Cáncer, una iniciativa gubernamental para impulsar con un generoso patrocinio económico la investigación para descubrir las causas del cáncer y desarrollar tratamientos efectivos que condujesen a su curación. El optimismo del momento queda reflejado en las caras sonrientes y obsequiosas de los políticos que atestiguaban en primera fila la firma del documento (la foto puede verse en http://www.pbs.org/newshour/rundown/if-cancers-not-a-war-what-is-it/).

Desde entonces han pasado casi 44 años y no podemos negar que los avances en el conocimiento de las causas y los mecanismos implicados en la aparición y progresión de los tumores malignos son indudables. Más allá de lo que se ha llamado “la troika terapéutica estándar contra el cáncer”, es decir, la quimioterapia, la radioterapia y la cirugía, asistimos hoy a la aparición de nuevos tratamientos que bloquean de manera selectiva los efectos de las alteraciones genéticas responsables de la transformación de nuestras células normales en sus contrapartes malignas.

En esta “guerra contra el cáncer” podemos identificar a varios científicos cuyas contribuciones marcaron una diferencia significativa y nos ayudaron a comprender mejor la biología tumoral. Uno de ellos, Harold Varmus, compartió con Michael Bishop en 1989 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina “por su descubimiento del origen celular de los oncogenes retrovirales”. Eso quiere decir que cuando estudiaron el material genético (los genes) de los virus productores de cáncer se dieron cuenta que esos genes –llamados desde entonces oncogenes: genes que causan el cáncer– provenían en realidad de células humanas normales.

¿Y que hacían esos genes en las células normales? Como era lógico suponer, esos genes eran responsables de la proliferación celular. De ahí a descubrir que las células del cáncer poseen versiones anormales (con mutaciones) de esos genes no resultó ya demasiado difícil. En la raíz de todos los tumores malignos, independientemente de su causa (sustancias tóxicas, radiaciones, virus, etc.), se pueden indentificar mutaciones en los genes responsables de la multiplicación celular.

Harold Varmus ha tenido una dilatada e importante carrera como investigador y como administrador de la investigación científica en los Estados Unidos. Fue director de los Institutos Nacionales de Salud, el conjunto de instituciones científicas y médicas más importante del mundo. También fue presidente del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, uno de los hospitales oncológicos más famosos de todo el orbe. En marzo de 2015 renunció a su cargo como director del Instituto Nacional del Cancer de los Estados Unidos para integrarse como Profesor Lewis Thomas en la Escuela de Medicina de la Universidad Weill-Cornell de Nueva York.

Recientemente ofreció una conferencia en Jerusalén, dentro de la World Science Conference Israel, y la prensa recogió sus interesantes opiniones sobre el estado actual de la lucha contra el cáncer:

El descubrimiento de los primeros genes cuyas mutaciones estaban relacionadas con la aparición de tumores dio la idea de que sería posible crear fármacos que bloqueasen las proteínas producidas por esos genes y detener la enfermedad sin los serios efectos secundarios de la

quimioterapia. En algunos casos, como el caso del imatinib, un fármaco para tratar la leucemia mieloide crónica, la estrategia funcionó.

Pero conforme se amplia el conocimiento de este grupo de enfermedades, se ha observado que, en muchos casos, son demasiados genes los implicados y que, incluso dentro de un mismo tumor, la diversidad genética de sus distintas partes hace que no sirva un solo tratamiento. Además, los tumores han demostrado una tremenda capacidad de adaptación, y bajo la presión selectiva a la que les someten los fármacos, mutan y vuelven a atacar con más fuerza cuando se recuperan de la ofensiva.

 

En el segundo párrafo puede apreciarse la nota de cautela que atenúa el optimismo del primer párrafo. Hemos avanzado mucho en el conocimiento del cáncer, sin duda, pero el fin de la batalla todavía está lejano y, como el mismo Varmus admite, tal vez no lo veamos nunca. Para él, el principal obstáculo que enfrentamos hoy es la aparición de resistencias en los tumores que tratamos con los nuevos medicamentos:

Hay una cosa que quiero dejar clara: siempre tendremos cáncer, no nos vamos a librar de él. Dicho esto, podemos reducir los factores externos para disminuir las posibilidades de tener cáncer, como el sol o el tabaco, pero si utilizamos todas las herramientas que tenemos hasta ahora para reducir el cáncer, es probable que podamos reducir la aparición de tumores en un 50%, no creo que podamos bajar mucho más de ahí nunca. Sin embargo, podemos detectar los cánceres antes y poder aplicar antes la cirugía, que por ahora sigue siendo la mejor herramienta que tenemos contra el cáncer. Y además, tenemos los nuevos fármacos, como la inmunoterapia. Sumando todos esos enfoques, es posible que al final muy poca gente muera de cáncer.

 

Respecto al plan del presidente Barack Obama para impulsar la llamada “medicina de precisión” –el desarrollo de tratamientos individualizados en base al perfil genético de cada enfermo–, Harold Varmus dijo lo siguiente:

Se está poniendo mucho dinero en la investigación, eso no me preocupa. Lo que me preocupa es que el precio de los fármacos que se empleen para la medicina personalizada va a ser muy elevado.

Esos fármacos pueden no ser asequibles para muchos países menos desarrollados. Tienes que poner eso en perspectiva…

Y además, las compañías no basan el coste de sus fármacos en la cantidad que les cuesta desarrollarlos. Incluyen el resto de inversiones que han hecho para desarrollar fármacos que no funcionaron. Es muy difícil reducir el precio de los fármacos, especialmente con enfermedades de las que la gente muere y está desesperada. ¿Qué es más importante en el desarrollo de esa medicina, la política o la ciencia? Tienes que hacer ciencia para hacer nuevos fármacos y el proceso regulatorio no es el que fija el precio. El elemento importante para controlar el precio de los fármacos es el sistema sanitario de un país… El mercado no se regula bien a sí mismo, en particular sobre fármacos para enfermedades mortales [las negritas son mías].

Al venir de quien vienen, estas declaraciones nos dejan mucho que pensar. ¿No es verdad?

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