IGNORANCIA DE LO VEGETAL (primera parte).

No sabemos cuándo nació la primera planta del mundo, ni tampoco cuándo nació el primer ser humano. Lo que sí sabemos es que el humano apareció mucho, mucho tiempo después del vegetal; para ser más concretos, unos 430 millones de años después.

Aina S. Erice. La invención del reino vegetal, 2015.

 

 

La pasión de mi madre eran las plantas. Interés y pasatiempo que no compartí con ella mientras vivió. A lo largo de los años fue reuniendo una modesta pero significativa colección de cactus de la que se sentía particularmente orgullosa, sobre todo de uno llamado “cabeza de viejo” (Cephalocereus senilis), con largos pelos blancos formando una densa melena. Ella lo llamaba “la cabeza del abuelo”, porque seguramente le recordaba la de su propio padre, el abuelo Luis, como todos lo conocíamos en casa.

Aunque yo no compartía esa afición, de vez en cuando me hacía llevarla a algún vivero cercano para reponer las plantas que se le morían o para comprar costales de tierra enriquecida con el abono de las hojas secas. Y tenía la inveterada costumbre de llevarse ejemplares nuevos que hurtaba, no siempre con la discreción debida, de las jardineras, macetas y parterres de los hoteles en los que pasábamos algunos días de vacaciones. Mi padre la regañaba avergonzado, pero ella fingía demencia y escondía en su bolso el fruto de aquellas extracciones clandestinas. Hasta que un día, tratando de arrancar un esqueje que resistía fieramente sus tirones, advirtió que iba a ser inútil porque se trataba de una planta de plástico.

Salvo personas como mi madre, los botánicos, los vegetarianos, los que se interesan por todo lo relacionado con la agricultura o trabajan directamente en ella y los que viven del cuidado y la explotación forestal, la mayoría de los seres humanos tienen un interés poco más que marginal en las plantas. Las consideran el ornato de la naturaleza. Seres pasivos, incapaces de moverse, sin personalidad propia y diferenciada, que viven una vida inconsciente más o menos larga, pero carente de acontecimientos vitales interesantes. Todo lo contrario: su vida cíclica y, en apariencia, totalmente predecible hace de los vegetales seres vivos de segunda categoría. O de tercera, por debajo incluso de los animales no humanos que antes nos atrevíamos a llamar inferiores. Ese menosprecio es un craso error.

En los últimos años han ido apareciendo evidencias de lo equivocados que habíamos estado. Poco a poco, aunque cada vez con mayor frecuencia, vuelve demostrado científicamente todo aquello que inspiraba en los pueblos primitivos la veneración hacia el mundo vegetal, no sólo por ser la fuente sagrada del sustento cotidiano, sino por percibir en él una vida interior rica y secreta que a nosotros, los orgullosos herederos de la civilización occidental, nos había pasado casi completamente desapercibida durante siglos enteros.

Y digo “casi” porque hubo excepciones. A mi memoria vienen aquellos relatos de la extraordinaria trilogía “El Señor de los Anillos”, escrita por J.R.R. Tolkien entre 1937 y 1949, en los que los árboles son seres conscientes con vidas milenarias que, por su habitual lentitud, parecen inertes la mayor parte del tiempo. Sin embargo, eso sólo son apariencias. Así lo escribí en otra ocasión:

 

Al intuir la interacción de todo lo viviente que puede apreciarse en los libros de Tolkien, recuerdo a los Ents, seres que cuidan de los vegetales. Los Ents son árboles habitados por espíritus con un origen antiquísimo. Por difícil que parezca, Tolkien nos dice que había Ents de sexo masculino y Ents de sexo femenino y que fueron las Ents-mujeres quienes enseñaron las técnicas de la agricultura a los hombres. En “El Señor de los Anillos”, el Ent Fangorn –llamado Bárbol por los humanos y el ser vivo más viejo en toda la Tierra Media– conduce a los suyos en contra del perverso Sarumán hasta reducirlo a una especie de prisión en su torre de Orthanc, dentro de la fortaleza de Isengard.

Sarumán es un mago sediento de poder controlado por Saurón y, a la vez, la alegoría de un científico con una ambición desmedida que construye máquinas destructivas y utiliza una especie de manipulación genética para engendrar con la ayuda de su amo a los Uruk-hai, una raza de Orcos particularmente perniciosa y resistente. En su pugna con los Ents, Sarumán ejemplifica la faceta más negativa de la ciencia cuando se utiliza en contra de los seres vivos. Vuelve a maravillarme la capacidad que tuvo Tolkien para anticiparse a nuestra época.

 

¿Qué nos quiso decir el escritor? ¿Fueron sólo ficciones nacidas de su imaginación prodigiosa? Yo creo que no. Tolkien fue un especialista en lenguas antiguas y para escribir sus relatos se nutría de viejas leyendas que podía leer en el idioma original. Seguramente ahí encontró las raíces –nunca mejor dicho– del respeto y la veneración que nuestros ancestros sentían hacia el mundo vegetal.

En los últimos años se están publicando libros que nos obligan a cambiar la concepción que teníamos sobre las plantas. Hoy empieza a hablarse de sensibilidad, inteligencia, estrategias de defensa, comunicación activa y otros muchos aspectos de los vegetales que hasta ahora ignorábamos y que nos obligan a replantearnos nuestra relación con ellos. Igual que al resto de la biósfera, a los vegetales les debemos un respeto que hasta ahora no les hemos tenido. En breve expondremos estas nuevas evidencias con sustento científico.

Tomo de la contraportada de uno de estos libros, “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal” (Galaxia Gutemberg, 2015), escrito por Stefano Mancuso y Alessandra Viola, lo siguiente:

 

Las plantas podrían perfectamente vivir sin nosotros, en cambio nosotros sin ellas nos extinguiríamos en un breve período de tiempo. Es más, en el planeta Tierra existe tan sólo un 0.3% de vida animal, frente a un 99.7% de vida vegetal. Y sin embargo, expresiones como “vegetar”, o “ser un vegetal” indican en casi todas las lenguas unas condiciones de vida reducidas a la mínima expresión.

Cuando pensamos en las plantas, nos sentimos tentados a atribuirles dos características: inmovilidad e insensibilidad. Pero investigaciones científicas llevadas a cabo durante los últimos cincuenta años han demostrado que las plantas son sensibles (es decir que están dotadas no sólo de los cinco sentidos que posee la especie humana sino hasta de quince sentidos más), se comunican e intercambian información (entre ellas y con los animales), duermen, memorizan, cuidan de sus hijos, tienen su propia personalidad, toman decisiones e incluso son capaces de manipular a otras especies. ¿Cómo negar pues que también son inteligentes?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s