IGNORANCIA DE LO VEGETAL (segunda parte).

Nuestro desconocimiento de la vida vegetal, nuestra ignorancia de la capacidad de las plantas, las flores y los árboles de mantener una relación inteligente con el mundo, se debe a que nuestro tiempo, que no es el suyo, nos sirve de modelo y no nos permite comprender sus modalidades. Aquí, como en otras partes, llamamos “barbarie” todo lo que no comprendemos. Si bien el vegetariano oye el grito del animal porque este se hace oír en una frecuencia audible para el oído humano, parece no oír lo que dice el “lamento” de la acacia, pues esta no se expresa en la lengua que practica el hombre. Si el Homo sapiens fuese sensible al etileno, comprendería el lenguaje que habla la acacia.

Michel Onfray. Botánica de la voluntad de poder. En: Cosmos. Una ontología materialista, 2016.

 

 

La gran lección del reino vegetal, además de lo que hoy se está descubriendo sobre la forma en la que se relaciona con los demás seres vivos (de la que escribiremos más adelante), es la solidaridad. La confirmación de que aquella máxima de Charles Darwin que tanto ha penetrado en nuestras mentes –la lucha por la existencia y la supervivencia del más apto– y que da sustento a lo que después se ha llamado el “darwinismo social” debe dejar paso a la evidencia más que contundente de que la cooperación juega un papel fundamental en la dinámica de la biósfera. Así, de paso, ayudamos a que la insana competitividad como valor muy apreciado en nuestra sociedad deje su lugar rector a la solidaridad. No será fácil ni pronto, pero lo importante es caminar en esa dirección.

Peter Wohlleben estudió ingeniería forestal y ha trabajado mas de veinte años en la Comisión Forestal de Alemania. Con una amplia experiencia como guardabosques, tomó distancia de ciertas tecnologías muy utilizadas en su gestión, particularmente los insecticidas, al cobrar conciencia de los daños que ocasionan. En 2015 escribió un libro de divulgación científica sobre los bosques que ha tenido un gran éxito y se ha traducido a numerosos idiomas. Se trata de La vida secreta de los árboles (Ediciones Obelisco, 2016). A propósito de la solidaridad, en el capítulo titulado “Asistencia social”, puede leerse lo siguiente:

 

Los árboles igualan sus debilidades y sus fuerzas. Sin importar si son gruesos o delgados, todos los ejemplares producen la misma cantidad de azúcares en cada hoja con ayuda de la luz. La igualdad se produce bajo tierra a través de las raíces. A este nivel tiene lugar un intercambio activo. El que tiene mucho cede y el que tiene poco recibe ayuda. Para ello entran en juego más hongos que con su gigantesca estructura en forma de red actúan como una enorme máquina de distribución. Esto recuerda un poco al sistema de ayuda social, el cual impide que los miembros más desfavorecidos de la sociedad se hundan demasiado […] Una cadena es sólo tan fuerte como lo es su eslabón más débil. Este antiguo dicho podría haber sido enunciado por los árboles. Y como son conscientes de ello intuitivamente, se ayudan incondicionalmente entre sí.

 

Las plantas constituyen el 99.7% de la biomasa de nuestro planeta, es decir, son con muchísima ventaja los seres vivos más abundantes (los animales sólo representamos el 0.3%) y, sin embargo, las hemos menospreciado. Como en tantos otros temas relativos a la naturaleza, tendremos que recapacitar, abandonar viejas creencias y tradiciones y replantearnos nuestra relación con ellas. Han estado ahí desde siempre pero, como si fuesen alienígenas, las hemos ignorado olímpicamente por el simple hecho de no entenderlas y por diversos equívocos y prejuicios que hunden sus raíces en la cultura y la religión. Por fortuna, las evidencias científicas no sólo demuestran que no son los seres pasivos e insensibles que suponíamos, sino que nos superan en numerosos terrenos, incluyendo justamente el de la sensibilidad.

Stefano Mancuso es una de las máximas autoridades mundiales en neurobiología vegetal y profesor asociado en la Universidad de Florencia. En compañía de la periodista científica –¡cómo nos hacen falta este tipo de periodistas en México!– Alessandra Viola, publicó un libro de lectura obligada en este tema: Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Galaxia Gutemberg, 2015). En él demuestra con varios ejemplos que las plantas poseen una versión vegetal, distinta, pero no inferior, de nuestros cinco sentidos clásicos: vista, oído, olfato, gusto y tacto.

Además, nos dice que las plantas son mucho más sensibles que nosotros ya que tienen al menos otros 15 sentidos más:

 

Las plantas poseen otras capacidades extraordinarias: por ejemplo, pueden detectar la gravedad, los campos electromagnéticos (que influyen en su crecimiento) y, obviamente, son capaces de reconocer y de medir un inmenso número de gradientes químicos presentes en el aire o en la tierra.

Algunos de estos sentidos están localizados en las raíces, otros en las hojas y otros incluso se hallan dispersos por todo el organismo vegetal, pero lo que más sorprende es el nivel de refinamiento que alcanzan estos verdaderos laboratorios de análisis verdes. Las plantas, en efecto, pueden identificar y reconocer cantidades absolutamente irrisorias de elementos químicos importantes o dañinos para su crecimiento, incluso a varios metros de distancia de las raíces […] Cuando las raíces de la planta han percibido el nutriente, se encaminan en esa dirección y crecen hasta donde se encuentra para absorberlo. Por el contrario, en el caso de contaminantes o de compuestos químicos peligrosos, tanto para el mundo vegetal como para el animal (como el plomo, el cadmio o el cromo, que por desgracia son cada vez más abundantes en el suelo), las raíces se alejan de ellos lo máximo posible.

 

            ¿Podemos admitir la posibilidad de que las plantas sean seres inteligentes? De nuevo nos topamos con el obstáculo de los prejuicios. Sin embargo, ¿no es acaso una evidencia apabullante de éxito adaptativo (y, por tanto, de capacidad para resolver problemas, que es una de las facetas de la inteligencia) la abundante y ubicua presencia de las plantas en nuestro planeta? Todo depende de la definición de inteligencia que utilicemos. Las definiciones usuales son restrictivas y excluyentes, por lo que nos provocan una especie de ceguera que nos ha privado de una gran sabiduría.

En un intento –condenado al fracaso, por cierto– de distinguirnos y elevarnos por encima del resto de los seres vivos, usamos la inteligencia como el último bastión de la superioridad humana. Una cualidad que obra como una barrera infranqueable que nos separa de los demás. ¿Y si lo enfocáramos al revés y viésemos a la inteligencia como un rasgo que nos une al resto de los seres vivos, tanto animales como vegetales? En este sentido, Stefano Mancuso nos dice algo con lo que estamos de acuerdo:

 

La inteligencia es una propiedad de la vida, algo que hasta el más humilde organismo unicelular debe poseer. Todos los seres vivos están llamados continuamente a resolver cuestiones que, a afectos de su existencia, no difieren mucho de las que nosotros afrontamos. Pensadlo bien: comida, agua, morada, defensa, reproducción, ¿acaso no son éstas la razón profunda de nuestros problemas más apremiantes? Sin inteligencia, no podría haber vida. No deberían dolernos prendas por reconocer una verdad tan palmaria: la inteligencia humana es, obviamente, muy superior a la de una bacteria o un alga unicelular. Lo importante es que la diferencia sólo es de orden cuantitativo, no cualitativo.

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