ASTUTOS INVENTORES.

Las compañías farmacéuticas han aprendido que sus beneficios dependen tanto de la mercadotecnia como del poder de sus descubrimientos científicos y han canalizado grandes sumas de dinero a los bolsillos de los médicos de diversas maneras, algunas aparentemente inocuas y otras verdaderamente escandalosas.

 Jerome Kassirer. On the take. How medicine’s complicity with big business can endanger your health, 2005.

 

 

Nos llama poderosamente la atención un texto de Iona Heath publicado en un blog de la revista médica Canadian Medical Association Journal el 20 de diciembre de 2016, hace apenas unas semanas. Se titula “El reto de prevenir el diagnóstico excesivo” (http://cmajblogs.com/the-challenge-of-preventing-overdiagnosis/) y trata un tema que, por lo que se ve, causa una preocupación cada vez mayor en las sociedades de los países desarrollados. Se trata de un cambio de enfoque sobre lo que es realmente una enfermedad y el papel de la comunidad médica y el público en general ante este cambio.

Iona Heath es una médica general inglesa que lleva 35 años ejerciendo su profesión en Londres y ha sido Presidenta del Real Colegio de Médicos Generales de aquel país. Es codirectora del comité científico que organiza el “Congreso para evitar el diagnóstico excesivo” que se celebrará en Quebec, Canadá, en agosto de 2017. Ella plantea la situación de la siguiente manera:

 

En las últimas décadas, los intereses económicos de las industrias farmacéutica y de la tecnología médica han presionado y tentado a la medicina para que se extralimite. El compromiso moral tradicional de la profesión médica para aliviar el sufrimiento y cuidar del moribundo se ha visto desplazado por un intento torcido y fútil de resolver los problemas existenciales más profundos de la humanidad mediante la biotecnología. Los médicos utilizan tratamientos cada vez más potentes en pacientes viejos y tratan de prevenir enfermedades identificando y corrigiendo un número creciente de factores de riesgo. Todo esto ha conducido a una epidemia de diagnósticos y tratamientos excesivos, injustificados, que nos afecta a todos, pero que amenaza particularmente a las personas mayores. Estos empeños desvían nuestra atención de la necesidad fundamental de encontrarle sentido a la experiencia del dolor humano, a la pérdida y a la muerte. De hecho, la misma muerte se concibe ahora como un fracaso de la medicina y de los médicos, más que la culminación inevitable de toda vida.

 

Así como la industria del armamento depende de que haya siempre guerras para obtener jugosas ganancias con la venta de lo que fabrica, la industria farmacéutica depende de un número creciente de enfermedades y enfermos para conseguir las enormes ganancias económicas que la han convertido en uno de los negocios más lucrativos del orbe. De acuerdo al doctor Ruy Pérez Tamayo, una de las transformaciones que ha sufrido la Medicina es precisamente la económica, en la que ha dejado de ser un servicio para convertirse en un negocio. En no pocas ocasiones, la presión que ejerce el mercado todopoderoso de hoy en día ha cambiado el rostro de nuestra profesión hasta hacerlo casi irreconocible.

Jörg Blech, científico y periodista alemán, señala en su libro Los inventores de enfermedades. Cómo nos convierten en pacientes (Destino, 2005):

 

Actualmente, las empresas farmacéuticas y los grupos de interés médico inventan las dolencias: la enfermedad se ha convertido en un producto industrial. Para ello, las empresas y las asociaciones convierten los procesos normales de la existencia humana en problemas médicos, “medicalizan” la vida.[…] Los grupos farmacéuticos que operan globalmente y las asociaciones de médicos conectadas internacionalmente definen de nuevo nuestra salud: los altibajos naturales de la vida y los comportamientos normales son tergiversados de forma sistemática y convertidos en estados patológicos. Las empresas farmacéuticas patrocinan la invención de cuadros clínicos completos, y consiguen así nuevos mercados para sus productos.

 

En este contexto, cabe preguntarse: ¿la conversión mediante medicamentos de algunas enfermedades habitualmente mortales como el sida y el cáncer en enfermedades crónicas es realmente un beneficio para quienes las padecen? A primera vista y como objetivo inicial en la búsqueda de la curación definitiva, la respuesta es afirmativa, sin embargo, tomando en cuenta el poder avasallador de la codicia, no podemos dejar de pensar en la posibilidad de que los pacientes crónicamente enfermos pudieran representar también un jugoso nicho mercantil para la industria farmacéutica.

Philippe Pignarre, historiador francés y profesor de psicotrópicos en la Universidad París-VIII, se refiere a la industria farmacéutica como una industria de la invención y cita en este sentido a James Le Fanu: “Las dinámicas de la revolución terapéutica dependen más de la sinergia entre las fuerzas creativas del capitalismo y de la química que de las ciencias médicas y biológicas”.

¿De qué artimañas se vale la industria farmacéutica en connivencia con ciertos grupos médicos y de consumidores para inventar enfermedades y vender sus supuestos remedios? Ray Moynihan, Iona Heath y David Henry lo describen en un artículo que publicaron el 13 de abril de 2002 en la revista British Medical Journal, titulado “Vendiendo dolencias: la industria farmacéutica y la invención de enfermedades” (Selling sickness: the pharmaceutical industry and disease mongering):

1.-Vender la idea de que algunos procesos propios de la vida son enfermedades que deben recibir tratamiento médico. Tal es el caso de la calvicie, a la que la propaganda considera una fuente de trauma emocional para el que la tiene.

2.-Hacer pasar dolencias leves como anuncios de una enfermedad grave de aparición inminente. El ejemplo es el síndrome de intestino irritable que, en la inmensa mayoría de los casos, es un trastorno funcional sin repercusiones graves.

3.-Crear problemas médicos a partir de lo que son solamente problemas personales o sociales. Así surgió la llamada “fobia social”, una condición médica inexistente que se inventó a partir de la timidez normal propia de algunas personas con el propósito vender un antidepresivo.

4.- Convertir factores de riesgo en enfermedades que deben ser tratadas. Es el ejemplo del leve aumento de la presión arterial, de los niveles de colesterol y de la reducción de la masa ósea propias de las personas mayores. Estos fenómenos, que se relacionan con el potencial desarrollo de enfermedades en algunos casos, son ahora objeto de tratamientos indiscriminados.

5.-Manipular la verdadera frecuencia de una enfermedad para convertirla en una gran epidemia. Así se ha hecho con la llamada “disfunción eréctil”, una situación que puede ser normal en personas sanas que llegan a la vejez. Gracias a esta estrategia, se han logrado ventas millonarias de un medicamento extremadamente popular para vencer la impotencia masculina.

Al final del artículo, los autores señalan que sus observaciones son preliminares y que no se basan en un estudio con sólido rigor científico. Sin embargo, señalan la existencia de una manipulación deliberada de la opinión pública y del gremio médico con fines comerciales. Por ello proponen la creación de un programa independiente, financiado con fondos públicos para revertir esta medicalización inmoral de la vida. Programa que se base en el respeto a la dignidad humana y no en el valor bursátil o en la desmesura profesional.

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