NO ES MOMENTO DE PRETEXTOS.

¡Silencio!

No, no temáis nada

no asustaros al verlos porque traigan las barbas hirsutas

y vengan sucios de sangre y de hierro…

No temáis nada,

no asustaros al verlos.

Son los españoles

que no se doblegan al yugo extranjero…

Son los refugiados.

¡Silencio! ¡Silencio!

Eulalio Ferrer. Entre alambradas. Diario de los campos de concentración, 1987.

 

 

Yo fui emigrante. Lo digo en pasado porque ya no lo soy. Hace más de 40 años que llegué aquí acompañado de mi hermano, traídos ambos por nuestros padres para buscar un mejor futuro. Futuro que ahora es cada vez menos futuro y más pasado y presente. Híbridos nos hicimos porque desde el principio lo tuvimos claro: Donde estuvieres, haz lo que vieres.

Para los mexicanos y para los españoles por nacimiento, mi hermano y yo no somos ni lo uno ni lo otro: somos trasplantados. Ejemplos vivientes de que la nacionalidad no es sino una etiqueta mudable. Prueba contundente de que el amor a otra tierra se puede adquirir incluso mucho después de nacer. Que entra por la vista, el oído, el tacto, el olfato y, ¡cómo no!, por el gusto. Pero más, mucho más, por los afectos.

¿Cómo ocurre ese milagro de la transustanciación de los sentimientos nacionales? Debe ser un misterio muy profundo, porque después de tantos años todavía no me lo puedo explicar. A lo mejor es distinto en cada emigrante, incluso los habrá que sean completamente refractarios a sus efectos. Pero en mi caso parece que la mutación se instaló insensiblemente, poco a poco, con el correr de los días y las décadas. Mucho ha de haber contribuido el amor de mi esposa y el ver crecer a los hijos, con sus alegrías y sus sobresaltos.

Precisamente por eso, por haber sido un emigrante que con tanta fortuna vino a dar a México y se ha visto colmado en tantas aspiraciones y sueños, que hoy no puedo quedarme callado cuando percibo la sombra ominosa del que, inopinadamente, pretende dirigir los destinos del vecino del norte, que es casi tanto como decir los destinos del mundo en el que todos vivimos, gozamos y sufrimos.

Hoy somos testigos del triunfo imparable (hasta ahora) de la más obtusa incultura, la prepotencia superlativa, la inmadurez berrinchuda y una peligrosa combinación de complejos y prejuicios que buscan desahogarse a través de órdenes ejecutivas lanzadas como auténticos misiles desde el Despacho Oval a todos los rincones del planeta.

En una sociedad que ha hecho a un lado los valores para someter todo, vidas y haciendas, a los precios del mercado y que rinde culto ferviente al dios dinero, se ha entronizado a una de las más puras expresiones del hombre que de lo único que puede jactarse es de haber acumulado millones de dólares sin importar los medios para conseguirlo. Un pobre hombre muy rico que no se ocupó de llenar su mente ni su corazón con otra cosa que no fuese el oro. La encarnación del espíritu de nuestra época.

De todas las barbaridades que han brotado de sus plexos intestinales (mucho me temo que todas sus neuronas se concentran en el tubo digestivo), la del muro fronterizo es la que a los mexicanos nos resulta particularmente ofensiva, aderezada además por los adjetivos que nos endilgó indiscriminadamente durante su campaña: asesinos y violadores.

Como otros ya lo han expresado (léase a Jorge Zepeda Patterson en La toxicidad de la enchilada, artículo publicado este 1º de febrero de 2017 en el periódico El País), no se trata de recurrir al nacionalismo mexicano –lamentable convocatoria que nos hace Gobierno Federal– para oponerlo al America first que escupe continuamente el presidente norteamericano, sino aprovechar esta oportunidad no sólo para expresar con firmeza y en voz alta nuestra oposición a sus pretensiones, sino para empezar a corregir los muchos lastres internos que nos han impedido ser un país justo. Ya lo dice el refrán: El buen juez, por su casa empieza.

Pero en este empeño no podemos ni debemos estar solos. Nos debería acompañar la comunidad internacional, muy especialmente aquellos países con quienes nos unen vínculos profundos, tanto culturales como biológicos.

Como un Moisés frente al Mar Muerto, quisiera hacer a un lado las aguas del Océano Atlántico para acercar mucho más la Península Ibérica al Golfo de México. Quisiera desde aquí recordarle al Gobierno Español que hubo un día de desgracia en el que México acogió con una generosidad pocas veces vista a un torrente humano que manaba como la sangre a borbotones por las heridas de una guerra fratricida cuya ferocidad todavía hoy sacude nuestras almas. No lo olvidemos.

Por eso, frente a la amenaza que hoy padecemos los mexicanos, quisiera escuchar en voz alta un pronunciamiento oficial, sin ambigüedades, en el rudo acento ibérico. Sin embargo y hasta ahora, sólo percibo tibieza diplomática que, mucho me temo, enmascara el cálculo de los daños y perjuicios. No es momento de andarse con paños calientes. Hay momentos en el devenir de los países cuando lo que parece políticamente correcto es la excusa perfecta de la cobardía, la ignorancia de la historia y la indiferencia. Momentos en los que la falta de definición es expresión de indignidad.

Por eso me ha gustado mucho, como casi todo lo que escribe, lo que también publicó en El País la escritora española Almudena Grandes el 29 de enero de 2017. Se titula Frankenstein:

 

Durante las últimas décadas, para desacreditar a la izquierda a menudo se la ha identificado con el corazón, la utopía insensata, la solidaridad ingenua, el sentimentalismo ridículo. Frente al corazón, la cartera. La derecha alardea con una insistencia feroz, machacona, de la eficacia de sus gestores, de su experiencia como capitanes de la economía, de la sabiduría exacta, despiadada, de quienes son capaces de manejar un bisturí, o unas tijeras, sin que les tiemble la mano. Un empresario millonario, dispuesto a manejar el mundo como a una plantilla de trabajadores sin derechos, a quienes puede contratar o despedir a su antojo, representa la culminación más exitosa de este discurso. Donald Trump se ha levantado y ha echado a andar como la criatura del Doctor Frankenstein, sembrando el pánico entre sus muchos padres, que niegan con la cabeza, cada uno en su idioma, mientras repiten en un susurro, no era esto, no era esto. Pues si ahora no les gusta, que se aguanten. Yo sigo teniendo el corazón a la izquierda, tanto que es capaz de saltarse un océano para sincronizarse con el ritmo al que laten todos los corazones mexicanos (las negritas son mías).

 

Lo dicho. No es momento de pretextos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s