UN BUEN LUGAR PARA MORIR BIEN.

No hay, no puede haber teorías nuevas sobre el suicidio. Nos damos muerte por lo mismo que hace miles de años. Apenas alguna variación estadística, algún repunte o descenso en la tabla de la deseperación modifican una línea de trazo lejano e inalterable.

Poner fin al dolor, bien sea moral o físico, acabar con el aislamiento, dar por concluido un camino dominado por la precariedad y lo adverso, no soportar el abandono, la injusticia, la vergüenza, el acoso, sucumbir al miedo atenazador de una guerra o de una epidemia, la confirmación de un diagnóstico temido, la incapacidad de asumir un pérdida familiar, haber sido violado, no tolerar la indiferencia ajena, el honor ofendido, sentirse excluido del mundo, verse cercado por el tedio, morir por venganza, decidir sin saber en el fondo la razón por la que se desea desaparecer, el inmotivado adiós, son situaciones, entre otras, que conducen a conjeturar la existencia.

Ramón Andrés. Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, 2015.

 

 

La reflexión bioética no es un fin en sí misma. Busca estimular el debate público de aquellos temas que inciden claramente en la calidad de la vida individual y, muy particularmente, de la vida colectiva. Por eso pretende influir en quienes tienen en sus manos la elaboración de las leyes que regulan la vida en sociedad. De otro modo, la reflexión bioética sería solamente una especie de diversión intelectual para iniciados.

En ese sentido, acabamos de ser testigos de una ejercicio de esta naturaleza. En el proyecto de una nueva Constitución de la Ciudad de México se han incluido artículos de enorme interés para la bioética. En el caso del artículo 11, algunos miembros de la Asamblea Constituyente han sostenido intercambios con los integrantes del Colegio de Bioética, A.C. (ColBio). Así lo señaló el doctor Patricio Santillán Doherty, presidente del ColBio, en un artículo publicado el pasado 25 de enero de 2017 en Animal Político –y que recientemente reprodujo en sus páginas El Heraldo de Aguascalientes– titulado La ética civil y la nueva Constitución de la CDMX:

 

De manera relevante, el Artículo 11 aprobado en la sesión del 4 de enero de este año establece como primer precepto el derecho a la autodeterminación y al libre desarrollo de una personalidad de lo que deriva que cada uno de nosotros podamos ejercer nuestras capacidades para vivir con dignidad. Un detalle importante de este artículo es el de considerar que una vida humana se sustenta en la autodeterminación que pueda ejercer y la dignidad con la que logre desarrollar su vida de acuerdo con su propia concepción de la misma hasta su final (incluyendo el proceso que se dé en este momento trascendental).

Parece un acierto especificar en dicho artículo que una vida digna inherentemente conlleva el derecho a una muerte digna; en otras palabras, decidir (en ejercicio de la autodeterminación), cómo y cuándo debe ser el final de una vida.

 

No cabe duda que la discusión sobre el tema de la eutanasia se está abriendo camino, no sólo en sociedades más abiertas, moralmente plurales y progresistas como la de la Ciudad de México, sino incluso en sociedades más conservadoras como la de Aguascalientes, que no es, pese a lo que se predica, moralmente uniforme.

La realidad se impone y no podemos soslayar que en la actualidad, con una incidencia cada vez mayor de enfermedades crónico-degenerativas y una medicina que es capaz de prolongar artificialmente la vida humana, la eutanasia es un tema obligado de revisión, análisis y legislación que no debe ser pospuesto indefinidamente. Soslayarlo ocasiona graves repercusiones a seres humanos concretos, de carne y hueso, en quienes se ceba y cebará un sufrimiento que no se puede justificar desde la ética laica.

Asunción Álvarez del Río, doctora en Psicología, maestra en Ciencias en el campo de la Bioética y miembro del ColBio, es una experta reconocida en este tema. Su libro Práctica y ética de la eutanasia (FCE, 2005) es una referencia obligada. Tras analizar la evolución histórica y las diferentes significados de la eutanasia, propone una definición que nos puede servir de punto de partida para evitar confusiones: La eutanasia es el acto o procedimiento, por parte de un médico, para producir la muerte de un paciente, sin dolor, y a petición de éste.

En un artículo titulado Un avance, aprobar el derecho a una muerte digna en la CDMX, publicado en el periódico El Universal el pasado 15 de enero de 2017, la Dra. Álvarez del Río nos dice:

 

Para entender qué implica esta aprobación, es necesario definir “muerte digna”, un concepto con el que es fácil simpatizar, pero poco preciso, lo que ha dado lugar a confusiones […] Igualmente defienden la dignidad al morir quienes consideran indeseable la eutanasia como quienes apoyan esta opción de terminación de vida, razón esta última por la cual algunas personas equiparan muerte digna y eutanasia. Pero, ¿cuál es la diferencia entre estas dos posiciones que reflejan una división en nuestra sociedad? Empecemos por señalar lo que tienen en común: ambas buscan que las personas mueran con dignidad. Sin embargo, una considera que para ello no es necesaria la eutanasia porque basta con una adecuada atención médica al final de la vida que incluya los cuidados paliativos para aliviar el sufrimiento del paciente. La otra reconoce que los cuidados paliativos tienen límites y cuando no pueden evitar el sufrimiento de un enfermo, éste podría preferir poner fin a su vida y pedir ayuda a su médico para que le cause una muerte sin dolor, que es en lo que consiste la eutanasia.

 

También aclara en su artículo que el derecho a una muerte digna aprobado en la nueva Constitución de la Ciudad de México no fue equiparado a la eutanasia, tal y como lo difundieron erróneamente la mayoría de los medios de comunicación. Finalmente, reconociendo que existen casos en los que el sufrimiento no puede aliviarse a pesar de los cuidados paliativos y que hay enfermos en estas circunstancias que desean contar con todas las opciones existentes para evitarlo, es necesario que la eutanasia sea una opción legal. Por ello, el derecho a la muerte digna incluido en la nueva Constitución representa una base para que el futuro pueda permitirse su práctica.

En relación con este tema, Roberto Blancarte Pimentel, otro integrante del ColBio que es Licenciado en Relaciones Internacionales, Maestro en Historia y Civilizaciones y Doctor en Ciencias Sociales, publicó el pasado 7 de febrero de 2017 en el periódico Milenio lo siguiente:

 

Poco se difunde en los medios, pero Ciudad de México es la más liberal y secularizada del país […] Por eso, lo hecho por los constituyentes no es cualquier cosa. Significa un faro orientador y un ejemplo a seguir para el resto de la nación. Ahora, como ya lo dijo Alejandro Encinas, viene lo más difícil: “hacerla realidad”. Sus gobernantes deben saber que los ciudadanos de ésta convergen en la lucha por esas libertades y pueden apoyarse en ellos para concretarlas.

 

Una situación análoga se vive en estos momentos en España, donde miembros del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona han participado en una propuesta de ley para legalizar la eutanasia en aquel país. Una de las proponentes, la diputada Marta Sibina Camps, ha expresado ante la prensa que “España no es un buen lugar para morir bien”. Hasta hoy, México tampoco. Esperemos que lo contenido en esta nueva Constitución de la Ciudad de México represente el inicio de un futuro distinto para todos los mexicanos en el trance de morir.

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