¿LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS SON HECHOS ALTERNATIVOS?

A mi hijo lo ha matado la incultura científica”. Quien así se lamenta es Julián Rodríguez, un padre abatido por la muerte de su hijo de 21 años a causa de una leucemia, después de rechazar el tratamiento que le ofrecía la medicina científica y someterse a una terapia milagrera a base de vitaminas. Pues sí, hay pseudociencias y terapias mágicas que, además de esquilmar y engañar, matan. No porque prescriban sustancias venenosas, sino porque incitan a rechazar terapias que sí han demostrado eficacia terapéutica y privan por tanto a los pacientes de las opciones de curación que la medicina les ofrece y que en el caso de España están al alcance de todos.

Milagros Pérez Oliva. Pseudociencias que no curan y a veces matan. El País, 1 de marzo de 2016.

 

 

Con eso de que nos encontramos inmersos en la era de la “posverdad” (también llamada mentira emotiva), es decir, que no importa que lo que se afirme sea verdadero, sino que llegue al mayor número de personas posible apelando a sus emociones, debemos estar especialmente alertas con lo que se difunde a través de los medios masivos de comunicación. La advertencia es particularmente válida en relación con las redes sociales, ese instrumento tecnológico capaz de crear un mundo paralelo en el que muchos creen encontrar una realidad que a la postre resulta ser completamente falsa.

Una de las más llamativas y recientes expresiones de esta falta de apego a la verdad ocurrió tras la toma de posesión de Donald Trump, el ahora cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Fue cuando se acuñó la expresión “hechos alternativos”, una nueva manera de disfrazar la falacia como si fuese un hecho comprobado. Wikipedia, consultada el 20 de febrero de 2017, la define así:

 

«Hechos alternativos» (en inglés: «alternative facts») es una frase usada por la consejera del presidente de los Estados Unidos Kellyanne Conway durante una entrevista con el programa de noticias Meet the Press el 22 de enero de 2017 en la cual defendió la declaración falsa del Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, sobre la asistencia a la investidura presidencial de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Cuando se le presionó durante la entrevista con Chuck Todd para explicar por qué Spicer «expresó una falsedad demostrable», Conway declaró que Spicer estaba dando «hechos alternativos». Todd respondió: «Mira, los hechos alternativos no son hechos, son falsedades».

 

Uno de los primeros temas que se trata en el programa de estudios de la materia “Historia y Filosofía de la Medicina”, que se imparte a los alumnos de esta carrera en la Universidad Cuauhtémoc plantel Aguascalientes es “El pensamiento mágico-religioso y científico en la Medicina”. Cuando se estudia el tema, lo primero que llama la atención es que no se trata de la simple oposición entre dos formas de entender la salud y la enfermedad, sino que ambos pensamientos están hoy plenamente vigentes y que, lejos de lo que pueda suponerse en primera instancia, han tenido varios intercambios entre sí a lo largo de la historia.

Ya en una ocasión anterior señalábamos no sólo la vigencia actual, sino la notable pujanza de las llamadas medicinas alternativas haciendo alusión a las cuatro paradojas de la medicina actual señaladas por James Le Fanu en su interesante libro El ascenso y la caída de la medicina moderna (The rise and fall of modern medicine. Basic Books, 2012):

 

La tercera paradoja se refiere al ascenso de la popularidad de las medicinas alternativas. Junto a la medicina occidental que tiene hoy un éxito sin precedentes, se observa una presencia cada vez mayor de las llamadas medicinas alternativas, muchas de ellas basadas en una serie de creencias y tradiciones sin ningún sustento científico. En nuestro medio basta observar los programas radiales y televisivos en donde los autodenominados “naturópatas” ofrecen remedios para todo tipo de condiciones, sean trastornos orgánicos o psicológicos, incursionando no pocas ocasiones en terrenos cuya potencial gravedad parecen desconocer, prescribiendo temerariamente remedios de dudosa eficacia. Asombra comprobar la fe que deposita en ellos una parte muy significativa de la población.

 

La medicina moderna ha sido llamada “la ciencia más joven” porque la mayor parte de su base científica data apenas del siglo pasado, aunque hoy en día sus fundamentos diagnósticos y terapéuticos están sólidamente enraizados en la investigación científica. Cosa totalmente distinta de las llamadas medicinas alternativas, herederas y beneficiarias del pensamiento mágico-religioso, cuya base de conocimiento carece de sustento científico por más que se nos quiera convencer de que tienen un nivel científico similar al de la medicina moderna. No es así. Prácticamente ninguno de los remedios de las medicinas alternativas ha sido sometido a los (casi siempre) rigurosos controles de la industria farmacéutica y de las agencias reguladoras gubernamentales.

Por otro lado, no podemos negar que, en algunos casos, los tratamientos de las medicinas alternativas llegan a ser eficaces. Pero eso se debe al efecto placebo, que consiste en una serie de mecanismos no totalmente esclarecidos que hacen que una persona mejore o sane sin que en ello tenga que ver el efecto del medicamento o una acción médica específica. También deben reconocerse los verdaderos efectos terapéuticos de las plantas que forman parte de la herbolaria tradicional. Es de todos sabido que varios medicamentos que se usan hoy en la medicina moderna provienen de principios activos contenidos en esas plantas. Además, debemos admitir abiertamente que la medicina moderna no resuelve todo y que tiene claras limitaciones y, a veces, serios vicios.

El reconocimiento de esta realidad llevó a la Universidad de Barcelona (UB), una de las mejores de España, a cancelar en 2016 su curso de posgrado (máster) de homeopatía por “falta de base científica”. Este curso se impartía desde 2004 a un precio de casi siete mil euros, a pesar de que el Ministerio de Sanidad ha establecido que “la homeopatía no ha probado definitivamente su eficacia en ninguna indicación o situación clínica concreta”. La cancelación del curso partió de la iniciativa de un alumno de la Facultad de Química de la UB quien solicitó al rector Dídac Ramírez i Sarrió “la eliminación de la homeopatía en la Universidad de Barcelona”, respaldado por 1,290 firmantes en contra de un máster “que no está apoyado por la evidencia, carente de metodología científica, criticado y catalogado como una estafa por toda la comunidad científica”.

El punto más delicado se da cuando los sanadores y demás naturópatas recomiendan tratamientos tradicionales de eficacia dudosa o nula en enfermedades graves o potencialmente mortales como el cáncer, lo que lleva a que los pacientes no inicien, retrasen o abandonen los tratamientos de la medicina científica (la quimioterapia, por ejemplo) que representan tal vez su única posibilidad de curación. Esta situación la observamos con frecuencia y, aunque el naturópata crea genuinamente en la eficacia de lo que está prescribiendo, eso no lo exime de su responsabilidad al incurrir en un acto que va en contra de la ética profesional.

Edzar Ernst, médico y científico alemán que ha dedicado su vida a estudiar los verdaderos alcances de las terapias alternativas, sabe que sus trabajos han demostrado la ineficacia de esas terapias, pero que su esfuerzo no le alcanza para convencer a sus oponentes: “Lento pero seguro, me resigné al hecho de que, para algunos fanáticos de la medicina alternativa, ninguna explicación será suficiente. Para ellos, la medicina alternativa parecía haberse transformado en una religión, una secta cuyo credo central debe ser defendido a toda costa contra el infiel”.

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