UNA AMNESIA PELIGROSA.

¿Puede volver a pasar? Claro que puede, no sólo a los judíos y no sólo a causa de los alemanes. De hecho, ha venido sucediendo muchas veces desde 1945, aunque a una escala menor: ahí están los genocidios de bosnios, ruandeses y kurdos, por mencionar tres ejemplos notables. Y seguirá sucediendo hasta que se dé un cambio profundo de la manera en la que las naciones del orbe educan a sus hijos sobre el valor de los seres humanos más allá de su nacionalidad, etnia, raza, religión o sexo.

Bernard Ackerman. En: Prólogo. W. Weyers. Death of Medicine in Nazi Germany, 1998.

 

 

No sólo vivimos en los tiempos de la mentira ampliamente difundida (“viralizada”) a la que se le otorga sin reparo la categoría de verdad oficial, sino que se suma a ella una creciente desmemoria que ahonda la gravedad de lo que está ocurriendo en todas partes. Y lo que es todavía peor, décadas de adoctrinar en la frivolidad, en la religión de la competencia a ultranza y en el uso desmedido de las redes sociales para evadirse de la realidad han hecho de la juventud y de muchísimos adultos desinformados una presa fácil y manipulable capaz de apoyar con fervor las causas más disparatadas e incluso perniciosas.

El ascenso de los nacionalismos con tintes racistas como el caso de Donald Trump en los Estados Unidos de Norteamérica o de Vladimir Putin en Rusia, el respaldo de la mayoría de los ingleses al Brexit y lo que puede ocurrir próximamente en Francia si este abril de 2017 gana las elecciones presidenciales Marine Le Pen, cuyo partido Frente Nacional es de extrema derecha y de carácter marcadamente xenófobo, son ejemplos de lo señalado en el párrafo precedente. En pocas palabras: a pesar de las lecciones de la historia reciente, con millones de muertos, desplazados y un sufrimiento inconmensurable ocasionado por este tipo de ideologías en el poder, parece que no hemos aprendido nada.

Por eso cobran especial valor los recordatorios de lo que pasó como advertencias de lo que está por venir o de lo que ya está ocurriendo. Aunque la mayoría esté ciega, en retrospectiva siempre resulta que ya desde antes se podían advertir señales del ominoso e inminente futuro. Así lo refiere Álex Grijelmo en su libro “La seducción de las palabras” (Taurus, 2000), cuando nos señala que “las palabras van por delante de las injusticias para abrirles el camino”:

 

Como sostiene Giacomo Marramao [un filósofo italiano contemporáneo], si hubiéramos acometido un análisis más atento del lenguaje de los nazis habríamos podido “detectar la llegada del fascismo en Europa y del nacionalsocialismo en Alemania. Se habrían podido advertir ambos con la progresiva corrupción y barbarización del lenguaje precisamente en la polémica política. Esto es importante porque según cómo uno habla se deduce cuál es su inclinación cultural y política”.

 

La analogía entre la Alemania nazi y lo que estamos observando hoy en varios países del mundo no es casual ni intrascendente. Además, sorprende saber que toda aquella herencia de los horrores perpetrados durante el gobierno de Hitler no fue completamente desechada después de la Segunda Guerra Mundial. Todo lo contrario.

Un testimonio de lo anterior nos lo ofrece el médico alemán Edzard Ernst, el experto en el estudio científico de las medicinas alternativas que citamos al final del Observatorio de la semana pasada (http://heraldo.mx/las-medicinas-alternativas-son-hechos-alternativos/). En sus memorias, tituladas Un científico en el País de las Maravillas. Memorias de la búsqueda de la verdad para cosechar problemas (A Scientist in Wonderland. A memoir of searching for truth and finding trouble. Andrews UK Limited, 2015) no dice que el artículo más importante de su vida no fue uno de los muchos que escribió sobre las medicinas alternativas, sino el titulado Una distinguida escuela de medicina dañada gravemente: Viena 1938 (A leading medical school seriously damaged: Vienna, 1938) que publicó en la prestigiosa revista Annals of Internal Medicine en 1995.

En él da cuenta detallada de cómo con la anexión de Austria a la Alemania nazi, la mayor parte de los profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena (en aquel momento una de las más destacas del mundo) fueron expulsados o internados en campos de concentración por ser judíos u opositores políticos. Ninguno sus colegas emitió la más leve protesta, todos se sometieron a la tiranía y los puestos vacantes fueron ocupados en su mayoría por médicos austriacos serviles y con frecuencia mediocres.

Si eso fue grave, lo peor vino después. Tras la caída del régimen nazi, muchos de los profesores y médicos afectos a aquel gobierno y los que incluso habían participado en los terribles experimentos con seres humanos realizados en hospitales y campos de concentración no fueron juzgados ni retirados de sus cargos. Tampoco se hicieron esfuerzos significativos por repatriar a los catedráticos judíos que habían sido expulsados ni por reparar los daños a los familiares de aquellos profesores que murieron en los campos de concentración o que fueron orillados al suicidio. Ernst cita el caso del profesor Pernkopf, cuyo Instituto de Anatomía usó los cuerpos de personas ejecutadas y su atlas anatómico, que contenía material de niños asesinados en un hospital de Viena. Nos dice el doctor Ernst: “Como en Alemania, estas atrocidades fueron a la postre “olvidadas”, “barridas bajo la alfombra” o justificadas por necesidades médicas en tiempo de guerra.

Vale la pena recordar que tras los procesos de Nuremberg que revelaron las atrocidades de los nazis, se crearon diversos códigos para proteger a los individuos de otros abusos durante la experimentación en seres humanos. Estos códigos no impidieron que estos abusos siguieran cometiéndose, lo que fue debidamente documentado y publicado en la literatura médica de los años sesenta. Todo ello generó una reacción en la opinión pública y se creó un movimiento a favor del derechos de los pacientes.

En 1974, se creó en los Estados Unidos de Norteamérica la Comisión Nacional para la Protección de los Seres Humanos Sujetos a la Investigación Biomédica y de la Conducta con el objetivo de elaborar las directrices éticas para proteger a las personas que participasen como sujetos en las investigaciones experimentales. De ahí surgió en 1978 el famoso Informe Belmont que contiene los principios y orientaciones para proteger a quienes participan en este tipo de estudios biomédicos.

Ante el panorama sociopolítico actual, recordar lo descrito cobra especial relevancia. Y la adquiere también la Bioética, no sólo por su vinculación estrecha con los acontecimientos relatados, sino porque hoy es, más que nunca, lo que dijo de ella Van Rensselaer Potter, uno de sus primeros promotores: “la ciencia de la supervivencia”. Lo es por lo que atañe a la ecología y al inmenso daño que le seguimos provocando al planeta, pero también porque hoy somos testigos del ascenso de aquellas ideologías que creíamos olvidadas para siempre. Nuestro deber es recordar y permanecer alerta e incluso, como propone reiteradamente Arnoldo Kraus, implantar la Bioética como materia obligatoria desde la escuela primaria.

Tenemos sobrados motivos para no bajar la guardia. Empezamos a experimentar la sensación de inquietud y pesimismo que suele anteceder a un porvenir oscuro en el que la fuerza se volverá a imponer a la razón y los impulsos que se originan en las regiones más primitivas del cerebro humano tomarán el mando para someter a las áreas más evolucionadas y racionales.

Este siglo, que parecía poner punto final a uno precedente en el que se habían cosechado los peores frutos del espíritu humano, está dando un vuelco, un regreso al oscurantismo de tiempos que supusimos idos. La esperanza no se pierde del todo, pero debemos aferrarnos a la memoria y prepararnos para la resistencia.

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