LA PRECUELA DE LA INFAMIA.

Con singular agradecimiento a Héctor Mendoza del Colegio de Bioética.

 

 La historia de la formación de un marco normativo para la experimentación en seres humanos marcó una ruptura durante la celebración del juicio de médicos nazis; existe, jurídicamente hablando, un antes y un después de Núremberg (aun cuando prácticas criminales –documentadas principalmente por los Estados Unidos– permanecieron en la ignorancia de la jurisprudencia internacional y de los textos normativos posteriores, al menos hasta mediados de los años setenta).

Philippe Amiel. Del hombre como conejillo de indias. El derecho a experimentar en seres humanos, 2014.

 

 

En 1935, al doctor Taliaferro Clark no le gustó el cariz que estaban tomando los acontecimientos relativos al estudio sobre la sífilis de Tuskegee, Alabama, que él mismo había iniciado un año antes. Su idea original fue observar durante seis a ocho meses a un grupo de pacientes negros con sífilis terciaria (la forma más avanzada de la enfermedad, que produce daños cardiovasculares y cerebrales graves potencialmente letales) y luego ofrecerles el tratamiento. Sin embargo, las autoridades del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos y su Clínica de Enfermedades Venéreas decidieron que a los pacientes sólo se les observaría para averiguar los estragos de la enfermedad y no se les administraría ningún tratamiento. Ante esta decisión gubernamental, el doctor Clark renunció ese mismo año.

El estudio Tuskegee sobre la sífilis se llevó a cabo durante cuarenta años (1934-1974), en él participaron voluntariamente 399 sifilíticos de raza negra y 201 sujetos negros sanos para compararlos con los enfermos. Al final de estudio, sobrevivieron 74 sifilíticos, 28 murieron por la enfermedad, 100 pacientes fallecieron a causa de las complicaciones de la sífilis, 40 viudas se contagiaron de sus esposos y 19 niños nacieron con sífilis congénita que adquirieron mientras eran gestados por sus madres infectadas.

En 1966, el doctor Peter Buxtun, investigador del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos que trabajaba en San Francisco, le escribió al director de la División de Enfermedades Venéreas para expresarle su preocupación sobre los aspectos éticos del estudio Tuskegee. El Centro para el Control de Enfermedades con base en Atlanta insistió en la necesidad de continuar con el estudio hasta el final (hasta que todos los pacientes hubiesen muerto y se les hubiese hecho la autopsia).

Agobiado por los remordimientos, el doctor Buxtun acudió a la prensa para relatar los hechos. La historia fue publicada primero por el Washington Star el 25 de julio de 1972. Al día siguiente, ocupó la primera plana del New York Times. Como consecuencia del escándalo, ese mismo año se conformó un comité para analizar el caso. El comité dictaminó que el estudio Tuskegee no estaba justificado desde el punto de vista médico y ordenó su terminación.

A los sobrevivientes y sus familiares se les repartieron nueve millones de dólares y se les ofreció sin costo el tratamiento de la enfermedad. Se considera al estudio Tuskegee sobre la sífilis “el experimento no terapéutico realizado en seres humanos de mayor duración en la historia de la medicina”, pero, sobre todo, “la investigación biomédica más infame de la historia de los Estados Unidos”.

            Fue hasta el 16 de mayo de 1997 cuando William Clinton, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, ofreció a cinco sobrevivientes del estudio Tuskegee una disculpa pública en nombre del pueblo norteamericano. Resulta que ahí no paró la cosa.

Otro experimento similar forzó una nueva disculpa pública del gobierno norteamericano en 2010. Esta esta ocasión fue la Secretaria de Estado Hillary Clinton, obligada por el descubrimiento de la historiadora Susan Reverby, al encontrar que uno de los investigadores principales que había participado en el estudio Tuskegee en la década de los 50 había realizado una década antes experimentos sobre enfermedades de transmisión sexual en Guatemala. Este interés en enfermedades como la sífilis y la gonorrea se debía a que causaban considerables estragos humanos y económicos en el ejército norteamericano. Se buscaba la mejor manera de prevenirlas y tratarlas.

Con el aval del Subcomité de Enfermedades Venéreas del Consejo Nacional de Investigación y tras un intento fallido llevado a cabo en reclusos de la prisión federal de Terre Haute, Indiana, se decidió realizar el estudio en Guatemala con la ayuda del doctor Juan Funes, un médico guatemalteco que había trabajado en Terre Haute con los doctores John F. Mahoney y Charles Cutler, los principales encargados de la investigación. Además, Guatemala tenía una gran ventaja en relación a Indiana: en el país centroamericano la prostitución era legal y para lograr una inoculación efectiva de los gérmenes venéreos la relación sexual parecía un requisito indispensable. Guatemala garantizaba con ello las condiciones óptimas para un estudio controlado.

Así que el doctor Cutler, tras haberse ganado la buena voluntad del gobierno guatemalteco entrenando a médicos locales, construyendo laboratorios y equipándolos, inició en febrero de 1947 la primera fase del estudio introduciendo en la vagina de varias prostitutas un aplicador con algodón embebido en pus que contenía las bacterias de la gonorrea. Para ello no parece haber contado con el consentimiento expreso de aquellas mujeres. Todas quedaron infectadas y desarrollaron la enfermedad.

Luego las hizo tener relaciones sexuales. Primero con algunos reclusos, pero ante la creciente negativa de los presos por el temor a debilitarse cada vez que se les extraía sangre para los análisis, decidió recurrir a los soldados del ejército guatemalteco, a quienes tampoco informó que formaban parte de aquel experimento. Una prostituta llegaba a tener relaciones sexuales hasta con ocho soldados en poco más de una hora. Ante la baja tasa de éxito en la transmisión de la enfermedad con el uso de prostitutas, Cutler decidió inocular la pus introduciéndola artificialmente en la porción más profunda de su uretra de los soldados. Fue así como logró infectarlos.

Existía la posibilidad de que si en los Estados Unidos se enteraban de lo que se estaba haciendo en Guatemala, el estudio sería cancelado por ser éticamente inadmisible. Por ello, Mahoney y Cutler decidieron mantenerlo en secreto. Aunque las autoridades guatemaltecas, que estaban al tanto del proyecto, sabían que en aquel país era un delito la transmisión deliberada de enfermedades venéreas, no hicieron nada para impedir que el estudio se llevase a cabo.

Cutler amplió sus experimentos a pacientes psiquiátricos, tanto hombres como mujeres, provenientes del Asilo de Alienados, a quienes inoculó con las bacterias de la gonorrea y la sífilis en los ojos, los genitales, dándoles a beber soluciones infectadas y hasta inyectándoles los gérmenes en la médula espinal. Varios de aquellos pacientes, infectados por múltiples vías, murieron sin remedio. De los 1,308 sujetos enrolados en el estudio, sólo 678 recibieron tratamiento.

Tras el descubrimiento del poder curativo de la penicilina, las autoridades norteamericanas depusieron a Mahoney de su cargo, cancelaron el estudio y Cutler abandonó Guatemala en diciembre de 1948. Posteriormente, se convirtió en uno de los investigadores principales del estudio Tuskegee y también en uno de sus más fervorosos defensores.

Historias como la precedente no hacen sino confirmar que no podemos confiar a ciegas en la investigación científica con seres humanos si no anteponemos los límites éticos debidos. Confirman también que países poderosos como los Estados Unidos, o la Alemania nazi durante aquellos mismos años, son capaces de atrocidades que aunque hoy nos parezcan imposibles de repetir, pueden volver a suceder. La esclavitud sigue existiendo, la eugenesia está al alcance de la mano y el abuso de la investigación biomédica con seres humanos no ha desparecido. Por eso, hoy debemos estar muy atentos pues somos testigos de una era en la que los gobiernos totalitarios y racistas están resurgiendo en varios puntos del planeta.

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