LA INTEGRIDAD CIENTÍFICA (primera parte).

Al mismo tiempo, es verdad que la ciencia va ganando una influencia creciente en nuestra vida y que, por lo tanto, las consecuencias de la investigación adquieren cada vez una importancia humana mayor. Pensemos, por ejemplo, en el desarrollo de los abonos químicos, de los conservadores químicos, en el problema de los desperdicios (no sólo en la generación de energía atómica, sino también en el uso de los materiales plásticos) o en la contaminación del agua y del aire. ¿En qué medida la ciencia debe asumir la responsabilidad de todo ello?

Hans-Georg Gadamer. El estado oculto de la salud, 1993.

 

 

En la actualidad existe un claro dominio de la tradición anglosajona en el ámbito de la ciencia. Salvo algunas excepciones, son los países de esta tradición, capitaneados por los Estados Unidos de Norteamérica, quienes llevan la agenda de la investigación científica, tanto de la ciencia en general, como particularmente de la investigación en las ciencias de la salud.

A finales del 2016, el Observatorio de Bioética y Derecho (OBD) de la Universidad de Barcelona (UB), uniendo esfuerzos con la Universidad Católica Portuguesa (UCP) y la Universidad de las Azores, emitió uno de sus ya casi imprescindibles documentos de opinión que tan útiles resultan a la hora de enfrentar los problemas bioéticos del mundo contemporáneo.

En esta ocasión se trató de la “Declaración sobre integridad científica en investigación e innovación responsable”, documento especialmente valioso para quienes desde el punto de vista cultural pertenecemos a la tradición latina, no anglosajona, y tenemos algún tipo de relación con la investigación científica, incluyendo una simple afición o interés.

En nuestra sociedad, la ciencia es una actividad relativamente poco conocida, rodeada de mitos e incluso falsas expectativas que a veces se ven magnificados por los poderosos y ubicuos medios masivos de comunicación. En su intento de generar algún impacto en la población, llegan a incurrir en deformaciones o idealizaciones de lo qué es y para qué sirve la investigación científica. Una de esas idealizaciones concibe al científico como un ser casi sobrenatural, por encima de las debilidades y tentaciones que caracterizan al resto de los seres humanos. Evidentemente, esa concepción es errónea.

Debe señalarse que este documento es una interesante colaboración entre el OBD, un centro de bioética que se define como laico, perteneciente a una universidad pública y la UCP, una universidad privada y católica:

 

La Cátedra Unesco de Bioética de la UB y la Cátedra Unesco de Bioética de la UCP forman parte del reducido grupo de Cátedras Unesco de Bioética del mundo; son las únicas del estado español y del portugués en esta especialidad, y acreditan una dilatada trayectoria en formación y educación

superior en bioética, así como una reconocida experiencia en investigación y cooperación, especialmente con los países de América Latina y África.

 

Partiendo de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la Unesco (2005) que trata sobre las “cuestiones éticas de la medicina, las ciencias de la vida y las tecnologías

conexas aplicadas a los seres humanos, teniendo en cuenta sus implicaciones sociales, jurídicas y ambientales” (art. 1), los autores del Documento proporcionan pautas que van dirigidas no sólo a los investigadores y demás agentes que participan directamente en esta actividades, sino también a los ciudadanos, quienes deben participar de una manera creciente e informada en los debates públicos relativos a los alcances y límites de la investigación científica.

Vale la pena transcribir los primeros párrafos del Documento:

 

Asistimos a una nueva concepción del sistema de investigación e innovación en la que la creación y aplicación del conocimiento debe incluir: la gobernanza, la educación en ciencia, la ética, el acceso abierto, el género y que el público se involucre en estos procesos desde el principio. La reflexión bioética ha avanzado y se ha proyectado transversalmente en los programas de aprendizaje ético de los diversos agentes del sistema de investigación, innovación y desarrollo; no obstante, la ultracompetitividad y las intersecciones entre investigación, innovación, desarrollo y mercado, no facilitan la plena consecución de las buenas prácticas científicas.

La apuesta por la ética desde el principio se contrapone a la persistencia de casos de fraude científico y de problemas de autoría, entre otros, en contextos en los que además perdura el techo de cristal y la inclusión de cuestiones de género es una mera formalidad sin impacto real. Nuestro análisis se sitúa en un momento de transición entre viejas y nuevas concepciones de la ética, la integridad científica y la responsabilidad investigadora, transformación que nos obliga a identificar escenarios, valores y reglas, y nos apremia a sensibilizar a la sociedad sobre esta transformación, sus implicaciones y consecuencias.

 

En la definición de integridad dentro del ámbito de la investigación científica, que no es fácil ni de aceptación universal, las autoras del Documento señalan que corresponde a un deber, un requisito ético-legal :

 

Aunque la definición de «integridad científica» se mantenga abierta, es posible sistematizar como principios estructurales para una investigación e innovación responsable y respetuosa de la integridad científica, los imperativos de: verdad, rigor y objetividad, independencia, imparcialidad y neutralidad, cooperación y honestidad, transparencia y justicia, compromiso y responsabilidad social.

 

Aunque existen numerosas propuestas para asegurar el cumplimiento de la integridad científica, la mayoría proviene de ámbitos ajenos a nuestra tradición cultural y su puesta en práctica obliga a realizar adaptaciones a nuestro contexto latino. De ahí la importancia del Documento que nos ocupa.

La insistencia en el cumplimiento de la integridad científica nos muestra que su violación es una realidad ante la que no podemos cerrar los ojos. En el ámbito anglo-americano este tipo de situaciones se denomina con el término “mala conducta científica” (scientific misconduct), que abarca las llamadas prácticas cuestionables y el fraude científico. Aunque la distinción entre ambos no es siempre clara, en general se acepta que el fraude científico es más grave que las prácticas cuestionables.

De acuerdo al Documento, son prácticas incluidas en el fraude científico las siguientes: fabricación de datos, a través de la presentación de resultados inventados por el responsable; la falsificación, a través de la manipulación de los procesos de investigación y/o de los resultados, y el plagio, a través de la apropiación del trabajo intelectual de otros sin reconocerles su autoría.

En la segunda parte de este escrito, ilustraremos estas situaciones de mala conducta científica a la luz de algunos ejemplos reales y expondremos las recomendaciones que proponen las autoras en la parte final de esta importante y necesaria “Declaración sobre integridad científica en investigación e innovación responsable”.

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