EL VALIOSO EJERCICIO DE LA MEDICINA PÚBLICA.

Parece ser unánime la opinión de que entre el ejercicio de la medicina y el enfermo se ha abierto un vacío; la brecha abierta entre el ejercicio médico y el enfermo es la consecuencia de varios factores, entre los cuales destacan, por ser los más reconocidos, la burocratización de la medicina institucional y, la privada, y la proliferación de las especialidades médicas… Pero quizá la razón más importante de la formación de una brecha cada vez más profunda entre el equipo de atención médica y el enfermo es la interposición de intermediarios, quienes eluden los intereses y necesidades de los pacientes, pues sólo deben rendir cuenta a la organización burocrático-administrativa que gobierna el funcionamiento de la institución médica y cuyos parámetros de eficiencia no toman en cuenta, más que de manera muy secundaria, los intereses de la población que debieran servir.

Horacio Jinich. Brechas entre el ejercicio médico y el enfermo. En: El paciente y su médico, 2002.

 

 

En una sociedad como la nuestra, con tan marcada vocación comercial –nada malo en si mismo–, la prosperidad económica es casi la medida de todas las cosas. El valor que se otorga a personas e instituciones se aquilata mediante el lente del dinero que se produce, atesora y exhibe tanto de manera pública como privada.

El éxito, sinónimo de riqueza material aunque se declare lo contrario, permea todas las actividades humanas, incluyendo las más delicadas y preciosas, como es el caso de la educación. No es raro ver en algunos anuncios espectaculares eslóganes como este: “Formamos alumnos exitosos”. El sólo leerlo produce escalofríos. Otros valores consustanciales a la formación de los futuros ciudadanos, la solidaridad entre los primeros, son sólo elementos de la cenefa que adorna el edificio social.

El ejercicio de la medicina es otra de esas actividades frágiles y preciosas. No en balde guarda varios paralelismos con la educación. Bastará recordar que la palabra doctor viene de las misma raíz que docente, es decir, educador, lo que refuerza la idea del deber prioritario de educar que tiene o debería tener el médico. La medicina es una labor muy delicada que con facilidad se aleja de su esencia y de su ética cuando la contaminan intereses que le son extraños.

Siempre me han parecido admirables los sistemas de salud pública de algunos países, especialmente los de España e Inglaterra. No son perfectos ni mucho menos, pero sí muy superiores a los de otros lugares, incluyendo los de ciertos países desarrollados como los Estados Unidos de Norteamérica. Pero lo que más me admira y envidio de esos sistemas sanitarios públicos es la manera en la que los aprecian los ciudadanos a los que sirven. Ellos saben que si tienen un problema de salud, especialmente si es grave y/o complejo, nada más confiable que un hospital público para atenderlo de la mejor manera posible. Eso no significa que no existan instituciones privadas que reúnan esas características.

Españoles e ingleses, como seguramente los ciudadanos de algunos otros países, están tan orgullosos de su medicina pública que la consideran uno de los pilares fundamentales en el que descansa su estado de bienestar. Y ante la amenaza de la privatización que se extiende como una peste por todo el mundo, estos ciudadanos han salido a la calle a defenderla cuando ese peligro se cierne sobre ella.

No es así en nuestro medio. Si el estado de bienestar es para nosotros los mexicanos hoy por hoy poco menos que una entelequia incomprensible a inalcanzable, un sistema de salud pública del que nos sintamos orgullosos al punto de defenderlo cuando sintamos perderlo es una experiencia que casi nos es completamente ajena. Y digo casi porque existen algunas excepciones que no debemos dejar de señalar. Por ejemplo, en el tercer nivel de atención está el caso los Institutos Nacionales de Salud y algunos otros hospitales.

Pero entre nosotros se observa toda una concepción de la medicina pública que no sólo nos parece lamentable, sino que se encuentra muy extendida. Todo un paradigma en el sentido que lo define el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin: una categoría mental rectora de la comprensión y las operaciones lógicas que es inconsciente (al estar incorporado a la forma de razonar y a la percepción se experimenta como “la realidad”), es invisible y, además, es invulnerable a la crítica.

En este paradigma el médico exitoso es el que tiene una práctica privada que le proporciona abundantes ganancias económicas y gran visibilidad social a través de relaciones con los sectores políticos, religiosos y económicos más favorecidos y poderosos. Por lo mismo, la práctica de la medicina pública se considera de inferior categoría, un requisito transitorio para el médico recién llegado mientras se da a conocer y se hace de una clientela propia. Un mal necesario para el profesional que carece de las habilidades comerciales de otros colegas más afortunados.

Aunque la medicina pública en México podría tener el mismo nivel y prestigio del que goza en otros países, la realidad es que, salvo algunas excepciones como las referidas, no recibe el apoyo gubernamental adecuado y los médicos que en ella trabajan tienen que combinarla con la práctica privada de la profesión para ganarse la vida. La crónica escasez de recursos diagnósticos y terapéuticos y los salarios insuficientes no han tenido una solución satisfactoria hasta el momento. A ello se suma en no pocas ocasiones la sobresaturación de las instituciones hospitalarias que hace todavía más difícil brindar el servicio que la población demanda y merece.

Y, sin embargo, no son pocos los ejemplos en la práctica de la medicina pública de profesionales comprometidos, inmunes al desaliento, que destinan buena parte de su tiempo y esfuerzo en forzar las condiciones adversas predominantes para resolver de la mejor manera los problemas sanitarios de la población a la que atienden. Un derroche cotidiano de talento y generosidad a favor de los más necesitados buscando resquicios en el sistema que les permitan ejercer con dignidad y entusiasmo la profesión. Somos testigos de ello todos los días.

Por esos colegas con los que llevamos conviviendo y trabajando en un hospital público por más de un cuarto de siglo nos atrevemos a decir que es justamente la medicina pública el ámbito idóneo para realizarnos a plenitud desde el punto de vista profesional y humano. Tal vez no sea el entorno exclusivo para esa realización, pero casi. Las limitaciones que impone la escasez de recursos en la medicina pública tienen su equivalente en el afán de lucro inherente a la administración de las instituciones privadas de salud. Afán que, tarde o temprano, acaba matizando la práctica profesional y no siempre para bien. También es justo reconocer que en la medicina privada existen profesionales que la dignifican con su entrega y generosidad.

El día que comprendamos el verdadero valor de la medicina pública y que quienes tienen el poder de las decisiones no le sigan escamoteando los recursos que necesita para crecer y superarse brindando una atención, más que digna, óptima a la población más necesitada podremos decir que empezamos a salir del subdesarrollo. No se olvide que la medicina pública es la expresión más tangible de la justicia social. Todo lo demás son sólo palabras que se lleva el viento, cuentos chinos incapaces de transformar la durísima realidad en la que vive más de la mitad de todos los mexicanos.

Tal vez llegue el día en el que ejercer la medicina pública sea lo que es en realidad: un privilegio y un orgullo. La oportunidad inigualable de hacer realidad los objetivos e ideales que hacen de la medicina una de las actividades humanas más nobles y eficaces.

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