POR LOS QUE SERÁN.

Sin duda, por extraños que resulten sus gustos eventuales desde nuestros criterios, los seres humanos del futuro no van a dejar de tener necesidades, como la de disfrutar de un medio ambiente no tóxico, que son comparables a nuestras propias necesidades. Ni van a dejar de tener además capacidades y vulnerabilidades similares a las nuestras. (…) Si las personas actuales poseen relevancia moral, y las futuras serán prácticamente iguales a éstas, la conclusión casi inevitable es la de que las personas del futuro también merecen consideración moral.

Robin Attfield. El ámbito de la moralidad, 1997.

 

 

Que vivimos en un mundo sumamente inseguro no es ningún secreto. Lo experimentamos a diario, especialmente quienes vivimos en México. Esa inseguridad no es una percepción –entendida como una construcción mental– aunque así lo señalen las autoridades de muy distintos niveles. Es una realidad abrumadora.

Por eso resulta casi increíble lo que nos relata el hoy injustamente olvidado escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) quien, en su autobiografía titulada El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2001), nos pinta cómo era su tierra natal (el Imperio austrohúngaro) antes de la Primera Guerra Mundial:

 

Si busco la fórmula práctica para definir la época antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que cecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. […] Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. […] Cada familia tenía un presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y médicos.

 

Hoy todo ello es impensable. Es más, ni siquiera los que rebasamos sobradamente la cincuentena recordamos con claridad una época propia semejante a la que describe Stefan Zweig. Todo lo contrario. El signo distintivo de nuestro tiempo y de nuestro país, más en las últimas décadas, es una creciente inestabilidad que ahora, como todo lo que ocurre, se extiende mediante la globalización al mundo entero como una epidemia imparable e instantánea.

Y no sólo lo relativo a las condiciones sociales, políticas y económicas, sino también a la relación de nuestra especie con las demás y con el planeta mismo. Nos lo dice James Lovelock, el famoso científico inglés creador de la Hipótesis Gaia, en su libro La cara evanescente de Gaia (The vanishing face of Gaia, Penguin Books, 2009):

 

Para algunos, el ícono con el mayor significado es esa imagen azul y blanca de la Tierra que fue vista la primera vez por los astronautas. Ese ícono está sufriendo un cambio sutil como el hielo que se derrite, el verdor del bosque y los pastizales se difumina en el color pardo del desierto y los océanos pierden su tono azul verdoso al adquirir un azul intenso como el de una piscina a medida que también se transforman en desiertos.

 

Cuando uno piensa en sí mismo tiene la esperanza de ya no estar vivo para cuando el proceso que nos describe Lovelock haya alcanzado una intensidad plena y acelerada, sin embargo, la angustia nos acomete al pensar que dejaremos aquí a nuestros hijos y que las futuras generaciones de seres humanos ya no podrán gozar de una naturaleza asombrosa y vibrante, como la que todavía podemos evocar cuando recordamos nuestra infancia.

Y es esa angustia la que nos debe mover para buscar alguna solución de fondo, lejos de los acuerdos internacionales que, si bien contribuyen a crear cierta conciencia, los mismos gobiernos, en especial los de los países más desarrollados, no están ni siquiera dispuestos a cumplir. Una cosa está clara, la solución no es posible dentro del mismo sistema social y económico en el que estamos inmersos. Es necesario un cambio profundísimo que, por su calado, hoy se nos antoja prácticamente imposible. Lo primero que necesitamos es un respiro, detener el ritmo frenético de nuestras vidas para reflexionar serenamente y, sobre todo, para obtener una pizca de esperanza.

Ted Trainer, activista australiano que defiende la vida sencilla y en equilibrio con la biósfera, señala que “hay una alternativa seductora en la que trabajar: la Vía de la Simplicidad” (La vía de la simplicidad. Hacia un mundo sostenible y justo. Trotta, 2017), que consta de cinco principios centrales:

 

1.-Nuestro estilo de vida debe ser mucho menos opulento. La tasa de consumo de recursos per cápita en una sociedad sostenible tendrá que ser una pequeña fracción de la habitual hoy en los países ricos. En cualquier caso, eso no significa que vivir de un modo más sencillo sea sinónimo de privación y adversidad. Sino más bien alcanzar niveles “suficientes” de comodidad, higiene, eficiencia, etc.

2.-Las economías de pequeño tamaño y altamente autosuficientes deben ser las predominantes. No tenemos más remedio que desarrollar toda la autosuficiencia de la que seamos cabalmente capaces. Y además, necesitaremos extenderla a todos los niveles: nacional (lo que implicaría una disminución drástica del comercio internacional), doméstico (especialmente a nivel de barrio), provincial, local y regional.

3.-Deben aparecer sistemas de gobierno locales, cooperativos y participativos. A través de ellos las pequeñas comunidades podrán gestionar sus asuntos al margen de las economías globales e internacionales. En un sistema de gobierno local realizaríamos las tareas de cuidados (niños, adultos, ancianos, personas con diversidad funcional) y de educación básica a través del voluntariado, la participación en comités y en grupos de trabajo comunitario.

4.-Es necesario desarrollar un sistema económico que, en conjunto, sea muy diferente. En concreto, que se encuentre bajo control social, orientado hacia la satisfacción de necesidades y no hacia la maximización de beneficios, que no sea dirigido por las fuerzas del mercado y que no presente crecimiento alguno. No es posible llevar a cabo cambios como los descritos anteriormente y a la vez mantener el sistema económico actual. Y es que la preocupación principal de una economía que realmente funcionara debería ser la de “utilizar la capacidad productiva disponible con el fin de producir lo que la gente necesita para una vida buena”.

5.-Ningún cambio será posible hasta que nuestros valores y nuestra visión del mundo cambien radicalmente y, por tanto, dejemos atrás la competitividad, el egoísmo y la codicia.

 

Ya no tenemos tiempo de seguir con el engaño. Citando al sacerdote y teólogo español José María Pagola (Jesús y el dinero. Una lectura profética de la crisis. Editorial PPC, 2013): “No es verdad que la historia tenga que discurrir de forma inexorable por los caminos de sufrimiento y muerte que trazan los poderosos. Hemos de resistirnos al discurso neoliberal imperante que, repetido una y otra vez, hace que la sociedad termine por creer que sólo se puede hacer lo que se hace, matando de raíz toda reacción para buscar alternativas que nos conduzcan a un futuro más humano”.

No es por nosotros, sino por los que serán.

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