CUATRO LECCIONES DE TRES FORMAS DE MORIR.

Justo como las hojas de un árbol se programan para marchitarse y morir en cierta época del año, muchas células están programadas para morir en un instante preciso, como parte normal de la función de los tejidos. […] Estos ciclos normales de vida y muerte de las células no se pueden interrumpir sin amenazar la supervivencia del individuo. En otras palabras, la regla básica de la vida en el planeta se aplica también al mundo de las células: la vida y la muerte son las dos caras de una misma moneda.

Guido Majno e Isabelle Joris. Cells, tissues and disease. Principles of General Pathology, 1996.

 

 

La muerte como destino ineludible es del conocimiento general. En nuestra cultura, la visión del fin es casi siempre negativa. Siendo la medicina una faceta de esa cultura, muchos médicos conciben la muerte como un fracaso y por eso se empeñan en alejarla lo más posible, incluso cuando la lucha por la supervivencia no tiene ya ningún sentido y cada minuto de vida prolonga el sufrimiento y socava la dignidad.

Imaginamos que en el mundo de las células, más profundo que el de los órganos cuyo latido o soplido podemos auscultar, reina el silencio. En todo caso, si allí se generan sonidos, su frecuencia los hace inaudibles. Tal silencio proyecta en nuestra imaginación la idea de serenidad, de procesos que ocurren inexorablemente bajo la guía de un programa preestablecido, con pocas sorpresas, aunque los accidentes también ocurran.

¿Podemos obtener enseñanzas útiles para nuestra vida como seres individuales y sociales a partir del estudio de los fenómenos biológicos a pequeña escala? ¿Acaso el conocimiento de la vida celular nos puede brindar algunas respuestas a algunos de los interrogantes de nuestra existencia?

Aunque no podemos afirmar que esos fenómenos microscópicos se rigen por una ética puesto que no son conscientes, su interpretación por el observador, por el estudioso, es un ejercicio interesante del que pueden obtenerse enseñanzas útiles. Tal es el caso de la muerte celular.

Hoy sabemos que las células pueden morir al menos de tres formas que, aunque tienen causas, mecanismos y propósitos distintos, pueden llegar a estar relacionadas. Dos de estas maneras están reguladas minuciosamente por las células a través de un programa genético que se expresa mediante diversas reacciones químicas delicadamente enlazadas. La tercera forma de morir es accidental y, sin embargo, una vez que se desencadena, no parece estar exenta de regulación.

Es también evidente que la muerte celular, por lo menos en sus dos formas programadas, es uno de los dos extremos de la vida celular. El otro extremo es la multiplicación, el proceso mediante el cual una célula determinada da lugar a dos células hijas. Cada una de nuestras células hace su recorrido vital como el funambulista sobre el alambre: decidiendo a cada instante si da el siguiente paso, si se detiene, o si se deja arrastrar hacia el abismo seducida por la voz omnipresente de la entropía, la fuerza universal de la disgregación que, al final, siempre acaba imponiéndose.

Examinemos las tres formas de muerte celular y veamos si encontramos en ellas algunas lecciones prácticas para nuestro diario quehacer.

Empecemos por la muerte accidental a la que los médicos llamamos necrosis, palabra de origen griego que significa “cadáver”. Se puede adivinar que es la forma con la que estamos más familiarizados. Siglos de lidiar con infartos y gangrenas nos han permitido reconocerla con cierta facilidad, especialmente cuando sus manifestaciones se vuelven masivas y pueden apreciarse a simple vista.

Una súbita falta de oxígeno o de nutrientes, el efecto de toxinas del medio ambiente o liberadas por gérmenes diversos, alteran a tal grado la membrana que mantiene la integridad de la célula que esta se rompe liberando su contenido. Las primeras células que sucumben a esta catástrofe –piénsese en un infarto del miocardio– no lo hacen en vano. Son las que dan la señal de alarma para que el organismo se disponga a limitar el daño. Alertan al sistema defensivo que echa a andar un vigoroso programa de limpieza y reparación que, lejos de lo que se pensaba, también está orquestado mediante diversos mecanismos químicos que empezamos a conocer. La lección aquí es que el sacrificio de las primeras células sirve para acotar el daño y lograr un restablecimiento que podrá ser total o al menos parcial.

La segunda forma de muerte celular tiene un nombre muy sugestivo: apoptosis, que en griego se utilizaba para designar la caída de las hojas de los árboles en el otoño. Es una forma más elegante de morir, mucho más regulada, por lo que también la llamamos muerte celular programada. Además, empieza a ocurrir mucho antes de nuestro nacimiento y es en buena parte responsable de esculpir nuestro organismo embrionario, fetal e infantil para que alcance su forma adulta definitiva. Su existencia nos enseña que para que haya vida no podemos prescindir de la muerte.

Además, la apoptosis es un fenómeno que se distingue por su discreción. No suscita la hasta cierto punto escandalosa activación del sistema inmunológico que ocurre en la necrosis. Sólo da aviso a algunas células vecinas que, como si del servicio municipal de limpia y recogida de la basura se tratase, se encargan de retirar en silencio los restos de la célula muerta. Esta discreción contrasta con la ajetreada vida moderna, en la que todo es ruido y atropellamiento.

La forma menos conocida de muerte celular se llama autofagia, algo así como “devorarse a sí mismo”. En las épocas de escasez de nutrientes, la célula dispone de un programa de austeridad que ya quisieran poder imitar algunos de los gobiernos neoliberales que hoy dirigen los destinos del planeta. En esas circunstancias aparecen en la célula una especie de burbujas ocupadas por enzimas digestivas que rodean, degluten y digieren todos aquellos elementos celulares que se consideran prescindibles. Puede derivarse aquí la cuarta lección, la de la moderación y la contención frente a este mundo que se caracteriza por el despilfarro de unos pocos a costa del bienestar de la mayoría. Claro que la consumición de los propios componentes celulares pude ser tan vigorosa que acabe con la vida de la célula toda.

Así, de la necrosis obtenemos la lección del sacrificio de unos pocos en aras de la supervivencia de todo el organismo, una forma extrema de solidaridad frente al mundo de hoy ferozmente competitivo y egoísta.

La apoptosis nos enseña lo equivocados que estamos en nuestra concepción negativa de la muerte y el saber vivir y morir con discreción, sin alharacas y, de ser posible, sin que se enteren los fanáticos de las redes sociales.

Y de la autofagia, podemos derivar la eliminación de lo superfluo, que nos recuerda la última estrofa de aquellos versos de Antonio Machado titulados “Retrato” que con tanta fortuna canta desde hace años Joan Manuel Serrat:

 

Cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Al parecer existen otras formas de muerte celular programada además de las ya mencionadas. En una de ellas intervienen juntos mecanismos propios de la necrosis y la apoptosis, de ahí que se le llame necroptosis. La otra, que sucede durante algunas infecciones, es desencadenada por gérmenes y sus toxinas que logran penetrar al interior de la célula. Esta, al verse invadida, activa una especie de suicidio que se lleva también por delante al transgresor. Mientras muere, la célula libera una sustancia que provoca fiebre, por lo que a esta forma de muerte se le llama piroptosis (del griego pyro: fuego). ¿Pensaría en ella Porfirio Díaz cuando en 1879 le dijo al gobernador de Veracruz “mátalos en caliente”?

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