QUE NO SE APAGUE LA LLAMA.

El médico de hoy, ha pasado de ser un profesional liberal a ser un funcionario que, sometido en parte a las exigencias del sistema, parece haber reemplazado la práctica basada en la vocación y los valores médicos por una relación médico-paciente despersonalizada, dando más importancia al sinfín de datos clínicos de los que dispone, al cumplimiento de objetivos, a la realización de tareas administrativas y a las cargas burocráticas, que a la actuación médica ante el paciente y el proceso de curación en sí mismo […]     

Todo ello en un entorno de globalización económica y la creciente presión de la llamada medicina  gestionada con nuevos modelos de financiación, gestión y provisión de los servicios sanitarios. La consideración de la medicina como un servicio público con la consecuente adaptación laboral de la profesión médica, supone un fenómeno social único en el campo de la sociología de las profesiones.

José Antonio Gutiérrez Fuentes. Ciencia, valores y arte médico, 2012.

 

 

Casi todos los que decidimos estudiar Medicina lo hacemos convencidos de que abrazamos la más noble de las profesiones. Con ese idealismo tan propio de esos momentos que coinciden con la juventud, algunos sueñan con hacer una aportación científica de gran importancia que les permita inscribir su nombre junto al de aquellos que le han dado lustre y gloria a la profesión. Otros ven la posibilidad de poner al servicio de los que sufren en cualquier parte del mundo esa curiosa mezcla de ciencia y arte que distingue a los grandes médicos, sin importar los sacrificios ni las renuncias que lleguen a ser necesarios.

Tan elevadas expectativas concebidas a temprana hora son dignas de encomio pero, como fruto de la inmadurez y la inexperiencia, deberán probar su fortaleza y autenticidad con el paso del tiempo y someterse a las pruebas de una práctica profesional constante en un mundo de realidades que no se caracteriza precisamente por promover los más caros ideales. Es deseable que el principiante lo sepa y se prepare con anticipación al previsible desgaste de sus ideales si desea conservarlos hasta alcanzar la madurez e incluso la vejez. Nada mas triste e inútil que un médico añoso amargado y desencantado ante la frustración de su propio naufragio ético.

Aunque es muy difícil renunciar desde un principio al brillo de la fama, de la notoriedad social y del poder que puede llegar a otorgar una profesión como la nuestra, incluso en estos días en los que parece haber perdido la preeminencia que llegó a tener antaño, es deseable precaverse contra este deseo aunque pueda parecer legítimo. El estudiante de medicina y el joven médico, si desean conservar a lo largo de su vida los altos ideales que forman la esencia de la profesión, deberán grabarse estas palabras de William Osler:

 

Vuestro es un deber más alto y sagrado. No penséis en encender una luz que brille ante los hombres para que puedan ver vuestras buenas obras; al contrario, pertenecéis al gran ejército de trabajadores callados, médicos y sacerdotes, monjas y enfermeras, esparcidos por el mundo, cuyos miembros no disputan ni gritan, ni se oyen sus voces en las calles, sino que ejercen el ministerio del consuelo entre la tristeza, la necesidad y la enfermedad.

 

La entrega y la dedicación al estudio de los seres humanos, tanto sanos como enfermos, no debe abandonarse nunca, pues es un campo de experiencias y conocimientos inagotable y precioso. La auténtica maestría del ejercicio profesional proviene de ese interés que debemos cuidar con esmero, como cuando anteponemos la mano ahuecada para evitar que las corrientes de aire apaguen la frágil llama de la vela que nosotros mismos portamos. Esa luz que titila, débil en apariencia, es la que nos ilumina en los momentos de mayor dificultad, en esas horas oscuras que sabemos ciertas pero que rara vez hacemos públicas o confiamos a otros.

Existen al menos dos fuerzas corrosivas que desgastan los ideales elevados del joven médico hasta hacerlos irreconocibles. La primera es el poder avasallador del dinero y del poder que trae aparejado, del lucro como objetivo vital. En una sociedad de mercado como la nuestra, en la que prácticamente todo tiene un precio y los valores materiales parecen haber borrado del horizonte los de cualquier otro tipo, acumular dinero como fin es una tentación prácticamente irresistible.

La otra fuerza que corroe los ideales está lamentablemente tan generalizada como la primera aunque, a diferencia de la anterior, llega a ser más frecuente en la práctica de la medicina pública. Se trata de la indolencia. Como pensadas deliberadamente en el ámbito de la sanidad pública, las tres acepciones admitidas por el Diccionario de la Lengua Española pintan de cuerpo entero al médico indolente: 1)que no se afecta o conmueve; 2)que es flojo o perezoso y, 3)que es insensible, que no siente el dolor (ajeno).

Son palabras duras, difíciles de admitir y asimilar, pero que no sólo son una realidad, sino que deben exponerse y analizarse de manera pública y razonada si deseamos que pierdan la fuerza que hoy tienen. Y también si queremos que nuestros futuros médicos estén mejor preparados que nosotros para evitarlas o reducirlas a su mínima expresión.

¿Cómo preparar a las futuras generaciones de médicos para que aprendan a sortear estos peligros? ¿Cómo dotarlos de los conocimientos y, sobre todo, de la conciencia que les permita anticipar y evitar esas fuerzas corrosivas a las que hemos hecho referencia? La sola incorporación de asignaturas como la ética médica en el programa de estudios de la carrera de medicina es insuficiente cuando existe un divorcio entre lo que el maestro enseña en el aula y lo que practica fuera de ella. El claustro docente no sólo debe enseñar la virtud, tiene que vivir en ella.

Y es aquí donde la enseñanza y práctica de la medicina se vuelven un reflejo de la moral pública. Es prácticamente imposible tener médicos virtuosos cuando en la sociedad misma campean la corrupción y la impunidad. La medicina que vemos es fruto de la comunidad en la que vivimos. Tarea inmensa la que nos espera si deseamos en verdad dar a luz una medicina ética. Postergar una y otra vez esa tarea, por hercúlea e intimidante que nos parezca, la torna cada vez más difícil de llevar a cabo y nos hace cómplices de esta situación que alcanza hoy profundidades abisales.

¿Cómo lograrlo? ¿Por dónde empezar? No tenemos a la vista una respuesta clara. Pero existen algunas pistas, palabras que nos indican el camino, como las del doctor José Antonio Gutiérrez Fuentes, médico internista y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid:

 

Enseñar, transmitir estos valores, debe formar parte del trabajo de los médicos experimentados. El médico tiene la responsabilidad de enseñar la ciencia, el arte y la ética de la medicina a los futuros compañeros o a los médicos en formación, en cualquier etapa de ésta a lo largo de la vida profesional. Los conocimientos teóricos tienen fecha de caducidad pero no las competencias relacionadas con el desarrollo personal, la comunicación, la capacidad de resolución y de trabajo en equipo. Valores como la actitud (interés, amabilidad…), la responsabilidad, el altruismo, la honestidad, la ecuanimidad, etc., son fundamentales en la profesión médica y su enseñanza debería formar parte inexcusable en los currículos de la formación de pregrado y, más aún, en la de postgrado. Sólo así se puede lograr que la Medicina conserve el componente humano que la hace singular y diferente del resto de profesiones [las negritas son mías].

 

Ese es el reto. Convencer a los médicos que han ejercido la profesión a lo largo de los años con apego a sus más elevados principios éticos de que se unan en un esfuerzo postrero para romper esa inercia que pensamos inevitable. Formar una hermandad activa en torno a la luz de una vela.

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