DE CASONAS MERIDANAS Y ESQUELETOS DE BALLENAS.

Como parte de su esencia, la casa también conservaba las risas y los juegos infantiles, los regaños y los portazos del presente y del pasado. […] Las vigas de la casa crujían sin razón aparente, las puertas rechinaban, los postigos golpeaban rítmicamente contra la pared aun sin viento. […]

Era una casa viva la que me vio nacer. Si a veces despedía perfume de azahares en invierno o se oían risillas sin dueño en medio de la noche, nadie se espantaba: eran parte de su personalidad, de su esencia. En esta casa no hay fantasmas, me decía mi papá: lo que oyes son los ecos que ha guardado para que recordemos a cuántos han pasado por aquí. Yo lo entendía. Me imaginaba a los veintidós hermanos de mi abuelo y el ruido que deben de haber creado, y me parecía lógico que todavía, años después, se oyeran evocaciones de sus risas reverberando en algunos rincones.

 Sofía Segovia. El murmullo de las abejas, 2015.

 

 

En ciertas calles de la ciudad de Mérida, capital del Estado de Yucatán, abundan las casas señoriales que por sus dimensiones y la calidad de su construcción se las llama casonas. Son muy conocidas las que flanquean el famoso y señorial Paseo Montejo, varias de ellas reconvertidas ahora en oficinas de importantes empresas o remozadas para ser habitadas por los descendientes de los dueños originales o por nuevos inquilinos que las adquirieron o tal vez las estén alquilando en la actualidad.

Pero no son las únicas. Por citar sólo un ejemplo dentro del Centro Histórico, al caminar por la Avenida Colón, una de las calles que desemboca en el Paseo Montejo, encontramos numerosas casonas en diversos grados de conservación. Se pueden caminar cuadras y cuadras sin dejar de ver, una junto a otra, esas grandes viviendas que siguen un diseño similar caracterizado por un amplio jardín frontal delimitado por una verja de hierro forjado. Igual que las que se encuentran en el Paseo Montejo, algunas está habitadas y lucen renovadas, pero la mayoría están en franca decadencia por décadas de abandono. Son como los pecios que duermen acunados por las aguas en el fondo del mar.

No son las espléndidas mansiones las que, renovadas o muy bien conservadas, impresionantes por su solidez y proporciones, nos interesan hoy. Ni siquiera la Casa Montejo, que construyeron entre 1542 y 1549 aquellos tres conquistadores españoles, padre (“el Adelantado”), hijo (“el Mozo”) y sobrino, todos de nombre Francisco y del mismo ilustre apellido. ¡Qué diferentes son las mansiones de los potentados de hoy! Ya casi no pueden verse expuestas flanqueando importantes avenidas. En el México de nuestra días, atenazado por la violencia y la barbarie, sólo se edifican en espacios cerrados, aislados del entorno amenazador, monitorizados por modernos dispositivos electrónicos y vigilados por cuerpos de seguridad privada.

Hoy nos interesan las numerosas casonas solitarias, vacías, en franca descomposición, que encontramos en la Avenida Colón y, sin duda alguna, en las calles aledañas que no alcanzamos a caminar. ¿Por qué nos interesan si se encuentran en tan lamentable estado? ¿Es acaso la óptica profesional del patólogo y su afición que halla interés en el estudio de lo exánime? Algo habrá de ello, pues la contemplación al paso de esas viviendas que alguna vez fueron señoriales nos invita a una reflexión doble: por un lado, un pensamiento sobre la fugacidad de la gloria y, por otro, la comprobación de que en la naturaleza nada se desperdicia, en especial en una ciudad como Mérida, donde la flora y la fauna pujan constantemente por sobreponerse a la obra del hombre auspiciadas por un calor y una humedad que penetran en todos los aspectos de la actividad humana.

Se puede imaginar la vida de aquellos que habitaron las hoy ruinosas mansiones. Los niños jugando en el jardín al caer el día, cuando el sol inclemente se despedía en el ocaso permitiendo que la brisa proveniente de Puerto Progreso refrescase el ambiente bajando algunos grados la presencia agobiante del astro rey. Y traer del pasado aquellos propietarios que, dueños de vidas y haciendas, se afanaban sin descanso en conservar y acrecentar el patrimonio familiar. ¡Qué poco queda hoy de tantos esfuerzos, de los sueños de grandeza y de la fe inquebrantable en la inmutabilidad de las posesiones materiales. El tiempo, como reconocía el emperador Marco Aurelio en sus Meditaciones, acaba por borrarlo todo y engullirlo todo. Lo que hoy brilla, mañana se apagará sin remedio para sumirse en el olvido.

Y, sin embargo, las casonas en ruinas alumbran nueva vida mientras decaen. En sus muebles, puertas y ventanas anidan e incuban inquilinos microscópicos, insectos y arácnidos de numerosas especies que medran en la madera y en los restos orgánicos dejados por sus antiguos moradores. Entre sus techos y paredes hallan cobijo tlacuaches o zarigüeyas (que en Mérida llaman zorros o zorritos), reptiles, murciélagos y hasta aves. La larga agonía de esas viviendas a lo largo de las décadas es el campo fértil en el que nacen y crecen todas esas criaturas y muchas más que pertenecen a la prolífica familia de las bacterias, los hongos y los parásitos microscópicos. Eso sin dejar de mencionar a los virus, entes ubicuos que entrelazan misteriosas relaciones con todo lo viviente.

Objeto del estudio de las ciencias médicas, forenses y criminalísticas desde hace mucho, se conoce bien la existencia de una fauna cadavérica, ese conjunto de insectos, parásitos y diversos microorganismos que se alimentan de los cadáveres. ¿Quién no ha imaginado alguna vez las moscas, escarabajos, hormigas y polillas que revolotean y se pasean a sus anchas sobre el cuerpo sin vida que yace en el cementerio? Es más difícil recordar que en nuestro interior la flora bacteriana, hoy rebautizada microbiota, se encarga de dinamitar desde adentro las barreras orgánicas que impiden el paso a sus compañeros de afuera, reblandeciendo, disolviendo y licuando los orgullosos baluartes de aquel cuerpo que ahora yace inerte a su merced.

Más reciente es el conocimiento del equivalente marino de esa fauna cadavérica. Fue en 1854 cuando un zoólogo describió por vez primera la existencia de una nueva especie de mejillones alojados en los túneles labrados en pedazos de grasa de ballena que flotaban a la deriva en las aguas sudafricanas del Cabo de Nueva Esperanza. A partir de ahí, se fue acumulando evidencia de que los cadáveres de estos cetáceos y de otros habitantes que surcan los mares de todo el planeta dan vida a ecosistemas únicos por su composición y actividad.

Una vez que los cuerpos sin vida de los grandes mamíferos acuáticos se depositan en el fondo del mar y se convierten en una fuente inesperada de alimento para los habitantes de este desierto submarino, atraen a una comunidad de organismos que llegan en tres diferentes etapas: la de los carroñeros representados por peces ciegos, tiburones dormilones y algunos cangrejos que devoran la grasa y los músculos; la de los oportunistas que incluyen caracoles, gusanos y camarones que se alimentan de los restos que dejaron los anteriores y, finamente, la de los “sulfofílicos” (aficionados al azufre), que corresponden a comunidades de bacterias capaces de obtener energía a partir de ese elemento y que viven alojadas en mejillones, almejas, lapas y gusanos de tubo, a quienes proporcionan alimento en una relación de mutuo beneficio. Estas bacterias usan el azufre de las aguas marinas para digerir las grasas que abundan en los huesos de las ballenas, un rasgo que hace único al esqueleto de estos gigantes de los océanos.

Ciclos incesantes de vida y muerte. Morir para que haya vida y vivir hasta la disolución corporal que contiene las semillas de una nueva vida. Períodos cuya realidad inexorable nos obliga a replantear nuestra visión negativa de la muerte. ¿Llegará en día en el que se imponga entre nosotros una visión distinta, integral, que abarque y armonice lo que hoy nos parecen los extremos irreconciliables de la existencia?

Fenómenos cuya expresión en el orden biológico alcanza también el orden cultural, como comprobamos hoy en las casonas decadentes de la Avenida Colón. Mansiones cuyo deterioro conserva los ecos del pasado y anticipa el germen de un futuro que tal vez no alcanzaremos a ver.

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