YA NADIE SE MUERE DE MUERTE NATURAL.

… donde trasluce otro sentimiento arraigado en la mente de los primeros cristianos: la muerte es el precio por haber vivido. Es un sentimiento que está ligado a la pregunta de por qué a los muertos cristianos se les llama “difuntos”, y por qué éstos, en lugar de morir, “fallecen” o “descansan”. El sabio camino de las etimologías señala que “difunto”, el eufemismo que los cristianos escogieron para sustituir a la cruda palabra “muerto”, procede del latín ‘defungi’ que significa “pagar una deuda”. También es revelador que el eufemismo “fallecer”, procede de otro término latino, ‘fallere’, que se utilizaba en el sentido de “engañar”, “pasar inadvertido” o “faltar”.

 Eulalio Ferrer. El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres, 2003.

 

 

Este miércoles 28 de junio de 2017 se llevó a cabo la sesión ordinaria del Comité Hospitalario de Bioética del Centenario Hospital Miguel Hidalgo. Tuvimos la fortuna de escuchar a la Maestra en Ciencias de la Salud Sandra Elizabeth Jiménez Cetina, quien encabeza la Coordinación Especializada en Materia de Voluntad Anticipada y Cuidados Paliativos del Instituto de Servicios de Salud del Estado de Aguascalientes. La doctora Jiménez nos habló de la Ley de Voluntad Anticipada para el Estado de Aguascalientes, exponiendo con claridad desde sus antecedentes históricos y marco jurídico hasta su relación con los principios bioéticos (autonomía, beneficencia, justicia y no maleficencia). Además, tuvo un fructífero intercambio de ideas con los asistentes, a quienes también resolvió varias dudas sobre este importante tema.

Destacó la importancia de dar a conocer a toda la ciudadanía el documento de voluntad anticipada, un instrumento que fortalece la autonomía del paciente a la hora de decidir qué medidas de atención médica desea recibir en la última etapa de su vida ante la eventualidad de un enfermedad terminal e incapacitante que limite su autonomía y vulnere su dignidad.

Es justamente la falta de una difusión amplia y permanente de este tema en la sociedad lo que ha ocasionado que hasta ahora pocos aguascalentenses (y en general pocos mexicanos) hayan utilizado el recurso del documento de la voluntad anticipada para limitar los efectos indeseables del poder que hoy tiene la medicina para mantener artificialmente la vida, eso que se llama “encarnizamiento terapéutico”.

Y como se desprende de lo que nos expuso la doctora Jiménez Cetina, la falta de previsión al ignorar que la medicina puede llegar a ocasionar más sufrimiento que alivio cuando los médicos se empeñan en prolongar inútilmente la vida sin tomar en cuenta la dignidad y la autonomía del enfermo, aunada al desconocimiento de que existe hoy un instrumento legal para impedirlo, provoca que seamos con frecuencia testigos del encarnizamiento terapéutico y sus nefastas consecuencias.

A casi nadie le gusta hablar sobre la muerte a pesar de que es la mayor certeza que tenemos todos los seres humanos desde que llegamos a este mundo. Así lo expresa Eulalio Ferrer en el epílogo de su libro El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres (Fondo de Cultura Económica, 2003), que versa sobre la muerte desde un punto de vista comunicativo: “…la muerte es la noticia más importante de la vida”. Aunque nos sabemos mortales, fingimos no serlo. Frente a la realidad de la muerte, hay en nosotros un deseo más o menos palpable de inmortalidad. El mismo autor señala líneas más adelante: “tenerla a prudente distancia, consciente o inconscientemente, aunque a veces sea liberación de sufrimientos, suele ser anhelo de supervivencia plena”.

En nuestra civilización hemos llegado al punto de negar la muerte como un fenómeno natural. Ya no recordamos la última vez que nos enteramos de que alguien había fallecido como consecuencia de haber vivido. Prácticamente, la frase “murió de muerte natural” ha desaparecido de nuestro panorama cotidiano. Pero no siempre fue así. El doctor Ruy Pérez Tamayo, al hacer una reseña de la obra Las actitudes de Occidente frente a la muerte. Desde la Edad Media hasta la actualidad (Western attitudes toward death. From the Middle Ages to the present. The Johns Hopkins University Press, 1974) del historiador francés Philippe Ariès, señala que tras la caída del Imperio Romano, los cristianos de la Alta Edad Media (siglos V al XV d. C.) enfrentaron a la muerte como un destino colectivo, ordinario, inevitable y no especialmente aterrador. Ariès llama a esta concepción medieval la “muerte sumisa o domada”, a lo que el doctor Pérez Tamayo agrega que el historiador francés la llama así en contraste con nuestra concepción actual, que ha hecho de la muerte un episodio absurdo y violento.

Con el paso del tiempo, la concepción medieval temprana de la muerte cambió. Durante la Baja Edad Media (siglos XI al XV d. C.), poco a poco, el individuo fue cobrando conciencia de sí mismo y lo mismo ocurrió con su visión de la muerte. Ariès la llama “la muerte de uno mismo”. El moribundo es juzgado por sus actos en el mismo momento de su final, frente a parientes y amigos que ignoran lo que está sucediendo.

Durante el siglo XVIII, las emociones frente al moribundo afloran. Los dolientes expresan sus sentimientos abiertamente. La desesperación y el dolor anticipan el vacío que dejará el ausente en sus deudos. Esto significa que los sobrevivientes ya no aceptan la muerte con tanta resignación como en el pasado. Ariès la llama “la muerte tuya” o “la muerte del otro”. De ahí que esa época, conocida como Romanticismo, se caracterizara por manifestaciones de luto muy ostentosas.

Y, finalmente, llegamos a la visión de la muerte en la actualidad, la que Ariès denomina “la muerte prohibida”. Nos dice el doctor Pérez Tamayo en su reseña La muerte (en Serendipia. Ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños. Siglo XXI Editores, 1981):

 

El destino de la muerte, después de desempeñar un papel tan central y grandioso en la vida cotidiana que siempre se le tenía presente, ha sido ser borrada, obliterada, obligada a desaparecer. Se ha transformado en algo vergonzoso y hasta prohibido, como las enfermedades sexuales, un tema que las gentes de buen gusto y cierto tacto no discuten, y sobre todo no en público. […] Todo se vuelve caras y frases de aliento, pronunciadas entre sonrisas estoicas y comentadas después, ‘sotto voce’, mientras los héroes que han dominado sus propios e intensos sufrimientos derraman lágrimas de cocodrilo por el “pobrecito”, que no debe conocer su destino “a cualquier precio”.

 

            Y lo que señala más adelante, con lo que coincido plenamente, es todavía más importante:

 

Personalmente considero esta actitud como una de las tradiciones más inicuas de que es capaz el ser humano, al negar a un individuo la oportunidad de prepararse para realizar el último acto de su vida con dignidad. Pero esto es solamente el principio: no se habla de la muerte frente al individuo desahuciado a corto plazo (todos lo estamos aunque ignoramos el plazo) no sólo para evitarle el sufrimiento de conocer su destino inminente, sino también por otra razón, todavía más abominable que las anteriores, y es por consideración a la sociedad, por consideración a los familiares y amigos del moribundo. Debemos evitar el sufrimiento y el dolor intolerable producido por la fealdad de la muerte y por su presencia en medio de una vida feliz, porque de pronto hemos descubierto que la razón de ser, la justificación única y el ‘sumun bonum’ de la vida es la felicidad o algo que se le parezca. Es de mal gusto hablar de la muerte en compañía de personas que han perdido recientemente un ser querido, la sociedad condena tal acción como falta de tacto, es como

“hablar de la soga en casa del ahorcado”.

 

            Por eso propongo enfáticamente que a partir de ahora hablemos cada vez más de la muerte y fomentemos una cultura de la muerte en el mejor sentido del término (no el que el que le suelen dar los sectores más conservadores de nuestra sociedad). ¡Que regrese por sus fueros la muerte natural!

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4 thoughts on “YA NADIE SE MUERE DE MUERTE NATURAL.

  1. Hace mucho que no te leía, me hacía falta. Pues este tema es uno de los que más me apasiona. Arnoldo Kraus lo toca una y otra vez, no sólo en sus columnas sino también en sus libros. Es impresionante como, aún cuando decimos burlarnos de la muerte, los mexicanos tememos pensar que moriremos algún día y por ende, pensar en qué y cómo quisiéramos morir. La muerte dormido y sin sufrimiento es, sin duda, la fantasía de cualquiera de nosotros, pero tú y yo como médicos, sabemos que no es el común denominador.

    Felicidades, pues me enteré de tu posgrado en Bioética y del nombramiento del Colegio de Bioética. Espero pronto poder tomar un curso al respecto, pues son temas que me interesan y vivo día a día.

    ¡Un abrazo!

    Roberto

  2. Qué buena reflexión y referencias para quienes nos apasiona este tema. ¿Qué autores latinoamericanos me sugeriría, además de Pérez Tamayo y Kraus? Actualmente trabajo en mi tesis doctoral y abordo el tema de la muerte en los pacientes de residentes de algunas especialidades médicas.

    Gracias y saludos.

    1. Apreciado Daniel:
      En el tema específico de la muerte y el médico, le sugiero leer “Los muertos como una forma de ganarse la vida”, incluido en el libro “Notas de un anatomista” de Francisco González-Crussí, que edita Fondo de Cultura Económica. Este autor, patólogo mexicano radicado en los Estados Unidos, trata el tema de la muerte en sus libros y artículos con cierta frecuencia. Escribió otro libro titulado “Mora repentina” y otro sobre el día de los muertos en México. Aunque no son de autores latinoamericanos, le recomiendo asimismo “Modern death. How medicine changed the end of life” de Haider Warraich (St. Martin’s Press, 2017), “Being mortal. Medicine and what matters in the end” de Atul Gawande (Metropolitan Books, 2014) y “How we die. Reflections on live’s final chapter” de Sherwin B. Nuland (Vintage Books, 1995).
      Saludos.
      Luis Muñoz.

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