EL ÚLTIMO TERRITORIO POR CONQUISTAR.

La mayor parte de los problemas que se discuten en bioética –y, por tanto, su respuesta– tienen que ver, como parece obvio, con la manera de entender el derecho que un individuo tiene sobre su propio cuerpo. No es que nadie discuta propiamente la existencia de ese derecho, pero parece haber muchas maneras de entenderlo, y cada una de ellas lleva también a resolver de manera distinta las muy variadas cuestiones de carácter moral y jurídico que se plantean en torno al aborto, la eutanasia, la utilización de la técnicas de reproducción asistida, los trasplantes de órganos, la maternidad por subrogación…

 Manuel Atienza. El derecho sobre el propio cuerpo y sus consecuencias, 2016.

 

 

Llama la atención que una institución cuyo objetivo primordial es la salvación de las almas se preocupe tanto por el control de los cuerpos. Control que ejerce con celo en los momentos clave: la búsqueda, deliberada o no, de su concepción (inconvenientemente placentera y, por lo mismo, peligrosa por pecaminosa), su gestación, nacimiento y, naturalmente, su muerte y disposición final.

Su actitud ante el cuerpo es ambivalente. Por un lado lo considera no solamente la morada terrenal del alma humana, sino el templo del Espíritu Santo, una de las tres personas divinas. Por otro lado, se concibe al cuerpo como la parte material, finita, decadente y, dada su naturaleza corruptible, capaz de contaminar con el pecado de la carne al espíritu que lo habita. Tal vez por eso sea necesario vigilarlo tan estrechamente, pero, ¿será sólo por eso?

Institución paternalista donde las haya, es muy celosa de su deber y nunca ha estado dispuesta a ceder su responsabilidad de madre amorosa y vigilante con sus hijos. Tanto su empeño en controlar como su resistencia a ceder el control chocan con la autonomía y la pluralidad moral de la mayoría de los países en los que ejerce su ministerio, donde desde hace tiempo se ha puesto una sana distancia entre lo que compete a la religión, que se debe limitar al ámbito de lo privado, y lo que pertenece a la vida pública, cuya regulación corresponde al poder legislativo que se coordina para tal efecto con los poderes ejecutivo y judicial y que debería incluir siempre a toda la ciudadanía.

En teoría, la separación es nítida, pero en la práctica con frecuencia no ocurre así y el empeño en controlar se extiende al territorio ajeno, tanto en lo individual, vulnerando con terca insistencia la autonomía moral, como en lo colectivo, imponiendo como público lo que debería de ser privado. La pugna por tener el control de individuo y del ciudadano suele ser virulenta, a veces de manera abierta y otras soterrada, y tiene como campo de batalla preferido al cuerpo humano. Volvemos a preguntarnos: ¿qué hay detrás de esa negativa a ceder el control del cuerpo a quien lo vive y posee?

Hablando de ceder el control del cuerpo al individuo y a la sociedad, acudamos al ejemplo del tránsito final. En este tema, como en otros, es iluminador lo que expone en Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad (Trotta, 2010) Hans Küng, destacado teólogo católico por más señas, que en una interesante vuelta de tuerca y sin omitir la omnipresencia divina, nos dice que bajo el principio de responsabilidad, Dios mismo cede el control de la vida al ser humano para que disponga de ella como lo considere pertinente cuando se acerca a su final. Una expresión práctica del cacareado libre albedrío, tan fácilmente cedido para lo anecdótico y escatimado con tanta cicatería para lo que verdaderamente importa:

 

Con la libertad, Dios ha confiado a los hombres el derecho a la plena autonomía. ¡Autonomía no equivale a “arbitrariedad, sino a decisión de conciencia”! La autonomía incluye siempre responsabilidad propia, y ésta, a su vez, tiene un componente social (respeto a los demás), además del individual. No sería responsable, sino ligereza, pura arbitrariedad, si por ejemplo un hombre en su madurez, sin preocuparse de su mujer e hijos, y por un fracaso o un tropiezo en su carrera profesional, solicitara ayuda para morir. Pero, ¿también sería pura arbitrariedad el que un hombre que toda su vida ha trabajado y servido honestamente a los demás, y que al final de su vida –tras un incuestionable diagnóstico médicoestá amenazado por un cáncer, por años de demencia senil, de senilidad total, hiciera lo mismo y quisiera despedirse de su familia cuando todavía mantiene su plena conciencia y dignidad?

Según convicción cristiana, la vida humana –que el hombre no se debe a si mismo– es, en último término, un don de Dios. Pero simultáneamente la vida constituye, conforme a la voluntad divina, una tarea personal. Así, la vida está puesta a nuestra responsable disposición. Lo cual vale también para la última etapa de la vida, el morir, en la que –si las circunstancias lo requieren– la responsabilidad ha de ser asumida por un representante. La eutanasia debe ser entendida como una drástica ayuda a la vida.

 

 

Y si el cuerpo en general es objeto de inacabables porfías, el cuerpo femenino en particular sigue siendo para la Iglesia y sus más conservadores devotos una extraña amenaza, un misterio incómodo y el objeto de un temor irracional que ha llevado a posiciones radicales en las que el diálogo sereno es prácticamente imposible. El cuerpo de la mujer, en su doble y simultánea condición de claustro de la nueva vida y fuente constante de tentaciones que pierden al hombre, es un enigma irresoluto. La perturbadora connivencia entre lo más sagrado, la vida, y el placer para concebirla parecen obra del demonio.

Siendo el cuerpo materia, es objeto de interés para la ciencia. Es de todos sabido que la ciencia y la Iglesia son para los sectores más ultramontanos de esta última como el agua y el aceite. Al compartir el mismo atractivo por el cuerpo, aunque por motivos distintos, la religión exigió por siglos una especie de derecho de arrogación sobre el tema. Privilegio que, aunque ha visto mermar con el paso del tiempo ante el imponente avance de la ciencia, se resiste a relajar por completo (usando la expresión de la Inquisición) el destino del cuerpo en el brazo secular de la ciencia.

El recelo que tiene la Iglesia a las investigaciones científicas sobre los seres vivos (y sobre todo lo demás) no es cosa nueva. Data, por lo menos, del siglo IV de la era cristiana (recordemos a Hipatia de Alejandría). Un ejemplo mucho más cercano en el tiempo lo ilustra con singular acierto el oncólogo y escritor Siddharta Mukherjee en su más reciente obra El gen. Una historia personal (Debate, 2017), donde describe el ambiente que predominaba en la Inglaterra del siglo XIX, cuando Charles Darwin iniciaba las indagaciones que lo llevarían a postular su teoría de la evolución. En este caso, se trata de la Iglesia Anglicana, que tanto tiene en común con la Católica:

 

Una descripción de la naturaleza –es decir, la identificación, denominación y clasificación de plantas y animales– era perfectamente aceptable; describir las maravillas de la naturaleza era, desde luego, celebrar la inmensa diversidad de seres vivos creados por un Dios omnipotente. Pero una visión mecanicista de la naturaleza amenazaba con sembrar dudas sobre el fundamento mismo de la doctrina de la creación. Suponía preguntar por qué y cuándo fueron creados los animales –qué mecanismo o qué fuerza intervenía–, y eso era desafiar el mito de la creación divina y acercarse de forma peligrosa a la herejía.

 

            No son los continentes sumergidos ni los planetas lejanos, sino su propio cuerpo, en donde los hombres y las mujeres de hoy tienen frente a sí el último territorio por conquistar. Y cuando eso ocurra con plena conciencia y para el bien común, podremos decir que la humanidad habrá empezado a transitar hacia la emancipación.

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