UNA GRAN LECCIÓN PARA EL APRENDIZ.

Yo no conozco la Secretaría de Relaciones Exteriores mas que como se la puede conocer desde fuera; no soy diplomático; nunca he tenido más allá de los encargos propios de la Secretaría de Hacienda en su actividad internacional, la representación de nuestro país.

Ustedes han dedicado su vida entero a ello. Se los digo de corazón y se los digo con humildad, vengo a aprender de ustedes, vengo a hacer equipo con ustedes en un momento en que México nos necesita a todos más que nunca.

 Luis Videgaray Caso. Toma de posesión como Secretario de Relaciones Exteriores, 4 de enero de 2017.

 

 

Tal vez hubo una época en México en la que el ejercicio de la política, incluyendo el de la política exterior, no estaba completamente sometido a intereses mezquinos, ni dependía totalmente del temor a los poderosos. O a lo mejor cierto funcionario, como un cónsul general por ejemplo, disponía de un mayor espacio de maniobra para decidir según le dictara su conciencia humanitaria, incluso más allá de las instrucciones oficiales.

Eran otros tiempos, aducirán algunos, aunque parece más bien que lo que había eran otros seres humanos, hechos de una madera distinta que se obtiene de un árbol cuyas profundas raíces se nutren de ideales elevados. Mexicanos que tenían suficiente altura de miras para ver por encima del beneficio personal y el de su partido político. Que tenían una clara conciencia del momento en el que vivían y del suelo que pisaban. Que no creían en nacionalismos, sino en el humanismo.

Hombres (en el sentido genérico que incluye a ambos sexos) educados en una realidad mexicana que, tanto como ayer como hoy, sigue siendo muy distinta de lo que se enseña en la Ivy League y su zonas aledañas. Tanto mirar p’al norte y se nos olvida que todos nosotros, desde el Río Bravo hasta la Patagonia, seguimos siendo del sur.

Pero eso no lo olvidó nunca Gilberto Bosques Saldívar, nacido en Chiautla de Tapia, Puebla, un 20 de julio de 1892 y, a pesar de haber sido casi ignorado en México, tampoco lo olvidó Google el pasado jueves 20 de julio de 2017, dedicándole como homenaje en el 125 aniversario de su nacimiento la imagen de su página inicial en México, esa figura que llaman doodle (garabato, en inglés):

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Don Gilberto Bosques –¡qué gusto da llamarlo Don!– participó junto a Aquiles Serdán en los albores de la Revolución Mexicana. También intervino en la defensa del puerto de Veracruz cuando fue ocupado por los norteamericanos en 1914. Obtuvo el título de Profesor de Instrucción Primaria y participó de manera muy activa en los trabajos de una reforma educativa de alcance nacional. Ocupó varios cargos en el gobierno de su estado natal, fue colaborador de José Vasconcelos y trabajó en la Secretaría de Educación Pública. En 1938 dirigió el periódico El Nacional.

Cuando en 1939 el general Lázaro Cárdenas le propuso enviarlo a Francia como ministro, Don Gilberto prefirió ocupar el cargo de cónsul general y así dedicarse de lleno a las labores diplomáticas, sin la carga de las obligaciones sociales de un ministro. No era para menos. El presidente Cárdenas le había encargado la delicada misión de proteger y traer a México al mayor número posible de republicados españoles que, con penalidades sin cuento, huían de aquella España que había caído en las garras de Francisco Franco, el dictador que nunca vio saciada su sed de venganza en contra de quienes consideraba sus enemigos ideológicos.

Eran tiempos complejos: terminaba la Guerra Civil Española e iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Y allí se trasladó Don Gilberto con su familia, primero a París y, tras la invasión germana y la partición de Francia en una Zona ocupada y una Zona libre, al Consulado General de México en Marsella. Tanto para los alemanes como para los franceses del gobierno colaboracionista de Vichy, Gilberto Bosques era un personaje muy incómodo, ya que estaba a favor de aquellos a quienes el fascismo español e italiano y el nacionalsocialismo alemán perseguían con fría determinación y saña inaudita.

Los nazis necesitaban esclavos para mantener su esfuerzo bélico. Por eso detenían a los refugiados para reclutarlos y enviarlos a los campos de trabajos forzados en donde vivían bajo un riguroso régimen carcelario y militar, laborando como picapedreros de 6 de la mañana a 6 de la tarde, con un mendrugo de pan y un cazo de té de bellota por todo alimento. Desde el Consulado General de México en Marsella, Don Gilberto trabó una ingeniosa red de colaboración con empresas francesas confiables para que contratasen como obreros a los refugiados, que evitaban así caer en manos de los nazis o ser repatriados a la España franquista. El documento de trabajador asalariado era el salvoconducto que evitaba la muerte segura en las compañías de trabajo, en un campo de exterminio alemán o en las cárceles españolas.

Valiosos datos e imágenes nos proporciona el libro De viva voz. Vida y obra de Gilberto Bosques. Entrevistas y testimonios (El Colegio de México, 2015), compilado por Lillian Liberman Shkolnikoff, quien dirigió también la película documental sobre el mismo tema Visa al paraíso (www.filminlatino/pelicula/visa-al-paraiso), incluida en formato DVD dentro del libro.

Gilberto Bosques tuvo que alquilar dos castillos como residencia provisional para los refugiados republicanos, el de La Reynarde y el de Montgrand. En aquellas residencias, cuya renta pagaba el gobierno mexicano, Don Gilberto albergó, alimentó y organizó la estancia de los refugiados aprovechando sus talentos, tanto en lo cultural como en lo laboral.

A los refugiados españoles, pronto se sumaron muchos judíos que huían del horror nazi. Como el Consulado tenía jurisdicción sobre Francia, España, Suiza, el norte de África y Medio Oriente, también acudieron libaneses que estaban en peligro. Con gran astucia, desafiando la estrecha vigilancia e incluso el acoso del que era objeto la representación mexicana, Don Gilberto proporcionó unas 30 mil visas para que sus beneficiarios pudieran escapar de la trampa y emigrar por barco a América, especialmente a México. Varias veces él mismo los llevó hasta la escalerilla del barco a punto de zarpar, evitando así una detención de última hora.

En febrero de 1943, Don Gilberto, su familia y sus colaboradores fueron detenidos por la Gestapo y enviados primero a Amélie-les-Bains en los Pirineos y después, bajo arresto domiciliario, a un hotel de la localidad alemana de Bad Godesberg, junto al Rin, cerca de Colonia. Allí permanecieron un año y dos meses, hasta que fueron canjeados por prisioneros alemanes y enviados de vuelta a México vía Lisboa. El barco sueco “Gripsholm” fue el vehículo del canje, llevando alemanes y franceses de Jersey City, Estados Unidos, a Lisboa y trayendo, entre otros, a 45 mexicanos en el viaje de regreso. En ese grupo viajaban Don Gilberto y su familia.

Don Gilberto llegó a la Ciudad de México por ferrocarril desde San Antonio, Texas. Unas dos mil personas lo esperaban en la Estación de Buenavista. Dos banderas mexicanas y una de la República Española emergían de la multitud:

 

Con el pelo en desorden; rota la camisa por las manos –las miles de manos– que intentaban tocarlo, palparlo, abrazarlo; pintada de “rouge” la cara morena; con el brillo salado de las lágrimas en los ojos enrojecidos por las vigilias; trémulo y sudoroso, en fin, el profesor Gilberto Bosques declaró: ¡No tengo palabras, no puedo decir más que tiemblo de emoción, que lloro de alegría porque nuevamente estoy en México!

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