HACIA EL ATURDIMIENTO TOTAL.

La humanidad está perdiendo visión y coraje. Creo que la humanidad se está convirtiendo cada día en más cobarde, no sólo con los refugiados, también con el cambio climático. Muchos hacen ver que no va con ellos, que otro lo solucionará.

 Ai Weiwei. Entrevista para El País, 1 de agosto de 2017.

 

 

Estamos inmersos en cantidades industriales de información, más de la que podemos asimilar. Tanta, que satura nuestros receptores cerebrales y provoca el efecto contrario al esperado: una pandemia de ignorancia, aburrimiento e indiferencia. Queda más que claro que la información no es sinónimo de conocimiento y mucho menos de sabiduría. La situación recuerda aquello que dijo alguna vez un médico famoso y culto, un bibliófilo empedernido: “Compro más libros de los que puedo leer y muchos más de los que puedo entender”.

Dada la situación que vivimos en la actualidad, se podría pensar que el efecto anestésico del exceso informativo no es inesperado, como señalábamos en el primer párrafo, sino deliberado. Un efecto que se busca con toda la intención de adormecer al receptor, al ciudadano común, modulando la opinión pública (o la falta de ella). Es descorazonador observar en el entorno familiar, escolar, laboral y social en general (piénsese, por ejemplo, en las salas de espera) a cada quien aislado en su mundo frente a una pantalla luminosa, absorbiendo de manera pasiva e incesante toda serie de datos, de bytes, sin reparar en su significado y mucho menos en sus efectos.

Ejemplo detestable de lo anterior son todos esos “memes”, presentaciones de superación personal, cadenas de oración y, sobre todo, chismes y frivolidades que se propagan y multiplican con tal eficacia que hasta hemos echado mano del mundo microscópico para describir la manera en la que se propagan, que llamamos viral. Algunas de estas informaciones, que suelen acompañarse de un componente gráfico destacado, que incluso llega a constituir todo el mensaje, son auténticas violaciones de la intimidad ajena, demás de atentados al buen gusto.

Su poder de atracción y seducción son tan grandes que casi nadie escapa a la tentación de, una vez vistos, enviarlos a toda la lista de contactos almacenada en la plataforma electrónica de comunicación preferida, a la que se accede mediante la computadora, la tableta, el teléfono “inteligente” –apelativo al que habría que añadir “idiotizante” – o toda suerte de adminículos, a cual más pequeño y potente. Esa combinación de la pequeñez poderosa es justamente un buen ejemplo de lo que, en otro contexto, llamamos “el pequeño poder”, que es el que ejercen los mezquinos que ocupan cargos de responsabilidad.

La necesidad de permanercer conectados a la telaraña global es ya tan apremiante y generalizada que equivale a lo que la religión significó antaño para Carlos Marx: el opio del pueblo. Se observa con tristeza a familias de escasos recursos, que apenas alcanzan a alimentarse (casi siempre con comida chatarra), y que, sin embargo, no carecen de uno o varios teléfonos celulares con los que sus poseedores pasan horas y horas absortos, consumiento con la mente la misma escoria con la que creen nutrir su cuerpo. Es una maldición que ahonda la perversa mancuerna de la pobreza y la ignorancia.

El espejismo de la conectividad permanente con el mundo electrónico virtual impide con frecuencia el ejercicio de nuestras propias conexiones, las sinapsis entre nuestras neuronas, esas que con la apariencia de una simple comunicación electroquímica son el sustento de portentos tan profundamente humanos, asombrosos y todavía misteriosos como la memoria, los sentimientos, la creación artística y los descubrimientos científicos. Ya lo decía Santiago Ramón y Cajal, el científico que por vez primera desentrañó la estructura de las sinapsis: al igual que la musculatura, el cerebro, incluso el más modesto, se fortalece considerablemente si lo sometemos al ejercicio cotidiano. Y en el sentido inverso también aplica el paralelismo muscular: ante la falta de estímulos ricos y constantes, la atrofia es inevitable. Eso es lo que está ocurriendo a escala global con el cerebro de un número significativo de seres humanos.

Nunca un embrutecimiento alcanzó tales dimensiones de extensión y profundidad como el que estamos atestiguando en la actualidad. En la medida en la que todo se globaliza, también lo hace el atolondramiento. Y nunca como hoy este proceso ocurre con el disfraz de su opuesto. El brillo de la tecnología se vende bien al convencer de que dota de inteligencia o que potencia la existente. Nada más falso. Es una pena que se persiga la quimera de la última novedad tecnológica mientras se descuida la afinación del intelecto y la sublimación de los sentimientos. Es muy difícil escapar al efecto corrosivo de la vulgaridad reinante.

Otros fenómenos contribuyen a este estado de cosas. Uno de ellos es la fragmentación del conocimiento, o como lo dice la filósofa Marina Garcés: “un nuevo analfabetismo producido por la segmentación de los saberes y por la saturación informativa”. Ese dinamitar los puentes que, de manera natural, unen a las diversas disciplinas del conocimiento, aunado al ensimismamiento de los individuos, contribuye de manera más que significativa a la profunda indiferencia caracteristica de nuestras sociedades. A la anergia e indiferencia que acompañan a la pobreza de medios materiales, se une ahora la labor de zapa que socava las conciencias de los mejor dotados. Proceso de aurdimiento que no descansa un solo instante, facilitado por el uso generalizado de la tecnología con ese perverso fin.

Tan falsa como la inteligencia de los aparatos telefónicos es la tan mentada neutralidad de la tecnología. Está demostrado que esa inocuidad no existe. Todo lo contrario. De no precaverse, la herramienta acaba por invertir los papeles: el usuario termina por ser usado… y luego desechado, vacío ya de contenido útil para quienes mueven los hilos tras bambalinas. ¿Paranoia? Tiempo al tiempo. Aunque la existencia de un plan de embrutecimiento a escala global es difícil de demostrar y tal vez no exista, es probable que la conjunción actual de una serie de factores no necesariamente conectados ni deliberadamente planeados, pero que tienen como denominador común un sistema económico que se basa en el poder creciente de los mercados en casi todos los ámbitos de la actividad humana, está conduciendo a ello.

Incluso la violencia criminal, que se nos explica en los términos de una anormalidad, de una especie de mutación imprevista, es en realidad un fruto del sistema económico imperante. Los criminales no son alienígenas, son la consecuencia natural de un sistema de explotación y depredación que ha entronizado al dinero como a una divinidad a quien todos debemos rendir tributo. Algo parecido a entender al cáncer como una desviación radical que lo equiparase a un parásito extraterrestre. No es así: la mejor prueba de que el cáncer es parte de nuestra propia esencia biológica, de nuestra herencia evolutiva y cultural, es lo que difícil que ha sido hasta ahora erradicarlo de nuestras vidas. Tan difícil como expulsar de nuestra sociedad al crimen organizado.

¿Debemos entonces abjurar de los adelantos tecnológicos y volver a una vida primitiva como la de nuestros ancestros? En lo absoluto. La tecnología tiene numerosas aplicaciones benéficas. De lo que se trata es de utilizarla con mesura y precaverse de sus efectos deletéreos. La única manera es cultivando simultáneamente todo aquello que nos afirma como seres humanos, en armonía con nuestro entorno social y natural. Cultivar el trabajo como vía de realización personal, pero también el ocio, la lectura, la reflexión o una buena conversación sin intermediarios tecnológicos. También procurar las relaciones afectivas que valen la pena, es decir, aquellas que nos llevan a ser mejores personas. De esta manera, podemos usar la tecnología sin caer en el aturdimiento y sin perder lo más valioso de nuestra existencia. Que la herramienta lo siga siendo y que el usuario recurra a ella como un medio, no como un fin.

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