LOS MALDITOS DE LA FILOSOFÍA (primera parte).

La filosofía nació en ese momento que E.O. Wilson (siguiendo al físico e historiador Gerald Holton) ha denominado el “encantamiento jónico”: la convicción de que el universo tiene un orden, que es un cosmos y como tal está abierto a explicación, que es accesible a diferentes saberes y que estos pueden converger o al menos conversar. A ese instante le debemos el origen de la filosofía y de las ciencias.

 Antonio Casado da Rocha. Una casa en Walden, 2017.

 

 

La visión judeocristiana de esta vida está teñida de tristeza, de pesimismo. No decimos de fatalismo, porque la posibilidad de superarla existe, aunque siempre pase por el trabajo sin descanso y el sometimiento a los dogmas y a las autoridades que los detentan. Y vaya que se hacen esfuerzos por anteponer la alegría con la promesa de una felicidad duradera. Lástima que la recompensa prometida obligue a morirse para alcanzarla. Ante esto, se entiende que Woody Allen dijera “no quiero alcanzar la inmortalidad con mi trabajo, sino simplemente no muriendo”.

En este valle de lágrimas sólo queda resignarse, pues la imperfección de la materia de la que estamos hechos nos impide alcanzar aquí el goce eterno que nos espera en el más allá. Bajo esta perspectiva, el cuerpo y el mundo que habitamos no sólo están llenos de tentaciones, sino que parecen tener una cualidad intrínsecamente negativa.

Diablo, carne y mundo son los tres grandes enemigos que todo buen cristiano debe rechazar, combatir y derrotar. Poco se habla de que en esa guerra, como en los bombardeos “quirúrgicos” hoy tan en boga, los daños colaterales son muy graves. Ahí tienen ustedes la culpabilidad que llena de infelicidad a millones de bienintencionados creyentes o la pederastia clerical que, lejos de lo que se pretende, no se trata de un fenómeno aislado, sino de un flagelo de proporciones epidémicas… o endémicas. Y las interminables disputas sobre la propiedad del cuerpo, de su nacimiento y de su muerte.

El asunto viene de muy lejos, mucho más atrás de la era cristiana. Hasta donde sabemos hoy, se originó en la antigua Grecia, como buena parte de lo que constituye la esencia de nuestra cultura. Tal parece que en aquel entonces las escuelas filosóficas estaban en pugna y buscaban hacerse con el control del panorama académico sin importar que para ello se tuviese que aplastar al enemigo. Al final, se impusieron una serie de pensadores en torno al idealismo que, suprimiendo la obra de sus oponentes materialistas, ha sido la idea dominante de nuestra filosofía oficial desde entonces. Desde Platón y Aristóteles hasta Hegel, pasando por los estoicos, Descartes y Kant.

De acuerdo a lo que nos señala Emilio Lledó (Sobre el epicureísmo en Filosofía para la felicidad. Epicuro. Errata Naturae, 2013), los que se opusieron a Platón y Aristóteles fueron silenciados:

 

Uno de los opositores más radicales a los grandes maestros griegos va a ser Epicuro. Su personalidad, desfigurada, semiborrada en la tradición filosófica, representa, sin duda, una de las figuras más atractivas y, a la par, misteriosas de la historia del pensamiento. No es fácil probarlo, pero podría establecerse una hipótesis plausible afirmando que Epicuro fue una de las primeras víctimas de la censura ideológica. Las razones de esta condena constituyen, también, una de las dificultades mayores para entender, en todos los detalles, el sentido de su mensaje.

 

Aquella visión del idealismo griego fue tomada y asimilada por el cristianismo, ganando así el nivel de “verdad única”, que fue propagada con celo en todo el globo antes de que se hablase de la globalización. Lo que pensaron y dijeron los materialistas quedó casi oculto y, si acaso fue mencionado, se hizo para desacreditarlo. Eso explica que, por ejemplo, la palabra hedonismo tenga entre nosotros tanta mala prensa. Cuando la invocamos lo hacemos pensando en el desenfreno, en una debilidad que nos impide mantener a raya los instintos que se consideran justamente esa carga pecadora que llevamos en nuestro cuerpo material. Y, sin embargo, el hedonismo que enseñaba Epicuro y sus discípulos no sólo era otra cosa, sino que su ausencia contribuyó en buena parte a la cuota de la infelicidad que salpimenta la historia del occidente cristiano.

Nos dice Michel Onfray (Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía, I. Anagrama, 2007):

 

La filosofía, en su período griego, pero también después, ha presentado siempre un doble rostro, del que se muestra y se privilegia un solo lado. Pues, al salir triunfadores, Platón, los estoicos y el cristianismo imponen su lógica: odio al mundo terrenal, aversión a las pasiones, las pulsiones y los deseos, desacreditación del cuerpo, el placer y los sentidos, sacrificados a las fuerzas nocturnas, a las pulsiones de muerte. […]

Así las cosas, Platón reina como maestro, pues el idealismo, al inducir a confusión entre la mitología y la filosofía, da ocasión para justificar el mundo tal como es, para invitar a alejarse de la vida terrenal, de este mundo, de la materia de la realidad, en beneficio de las ficciones con las que se amasan esas historias para niños a lo que el última instancia se reducen todas las religiones: un cielo de ideas puras fuera del tiempo, de la entropía, de los hombres, de la historia, esto es, un trasmundo poblado de sueños a los que se atribuye más realidad que a lo real, un alma inmaterial que salva al hombre del pecado de la encarnación, una posibilidad para el ‘Homo sapiens’ que consagra escrupulosamente todo su ciclo vital a morir en vida, a conocer la felicidad angelical de un destino ‘post mortem’, y otras necedades que conforman una visión mitológica del mundo en la que todavía hoy mucha gente permanece atrapada.

 

            Asombra como nuestro panorama de la filosofía, adquirido, si acaso, a duras penas en la escuela o en la universidad, es en extremo limitado, pues deja en la oscuridad a un nutrido número de pensadores cuyas aportaciones nos son vedadas. Por ello, no es descabellado afirmar que padecemos una especie de ceguera parcial y selectiva, una suerte de extraña hemianopsia filosófica.

Precisamente sobre Lucrecio, uno de estos pensadores ignorados por el oficialismo, nos dice Stephen Greenblatt (Una introducción a De rerum natura. Acantilado, 2012):

 

El poema filosófico ‘De rerum natura’, escrito hacia el año 50 d.C. por un romano llamado Tito Lucrecio Caro, es al mismo tiempo una de las obras más grandes de la antigüedad clásica y una de las más extrañas. Su grandeza poética parece haber sido reconocida de modo casi inmediato. […] Sin embargo, ninguno de los contemporáneos de Lucrecio (al menos ninguno cuyas obras sobrevivan) parece haber buscado o registrado alguna información personal sobre él. En un mundo lleno de curiosidad literaria, de rivalidades y murmuraciones, Lucrecio está extrañamente ausente.

 

Gracias a la labor de algunos estudiosos, ahora podemos conocer a esos, como los llama Lledó, “malditos de la filosofía”. Y así aparecen ante nosotros Epicuro, tal vez el más famoso, pero también Leucipo, Demócrito, Hiparco, Anaxarco, Antifón, Aristipo, Diógenes, Filebo, Eudoxio, Pródico, Filodemo de Gadara, Lucrecio y Diógenes de Enoanda. Una lista, sin duda incompleta, de filósofos a los que podríamos llamar disidentes, que nos ofrecen una visión distinta de la que hoy predomina y que, curiosamente, tienen puntos de contacto con los disidentes de otras épocas, incluso con los que hoy reciben el término despectivo de “globalifóbicos” o “anti-sistema”.

Como hicimos recientemente con Thoreau, a quien bien podríamos incluir en este grupo, procuraremos hasta donde nos sea posible que sean ellos los que nos hablen en la siguiente parte de este escrito.

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